
Barcelona, cajonera barricada de caoba o de cedro, islote donde cavé una fosa con diamantes.
Ahora vivo en una aldea orensana de la Galicia profunda, rica en pan, en aguas y en latín bajo sus piedras. Vivo enclaustrado, mientras recorro imaginarios palacios y ciegas galerías. Me acorrala una insumisa pulsión de soledad. Huir. Huir al país del cocotero, saborear papayas y ananás, acostarme bajo la sombra del tamarindo. Too romantic. «¡Soñar es muy cansado!», dice un personaje de un libro de Cunqueiro, y otro responderá: «Pero es lo más antiguo que hay».
«Solo, altivo y pobre, he llegado a la literatura sin enviar mis libros a esos que llaman críticos, y sin sentarme una sola vez en el corro donde a diario alientan sus vanidades las hembras y los eunucos del Arte”, escribía Valle en 1904 en la dedicatoria de la Sonata de Primavera. Yo llegué a la aldea sin las vanidades de las grandes ciudades, sin la magaña para escurrirse entre el mundillo literario. Fracaso estruendoso de mi literatura. Pero Truffaut murió cuando más lo necesitábamos.
