
Jueves Santo. Más bien fui indiferente a procesiones, nazarenos, saetas, trompetería, lúgubres tambores, plañideras, golpes de pecho, y Cristos y Vírgenes barrocamente ataviados.
Todo esto es un misterio tremendo. Yo, antes, más descreído, más intelectual, aprovechaba estos días para estudiar y leer, por ejemplo los «Pensées philosophiques», de Diderot. Diderot abandona el catolicismo oficial; los acontecimientos religiosos de su época aceleran dicha ruptura. Los fanáticos y beatos le ocasionan más perjuicios por su fanatismo que los incrédulos por su falta de fe, ya que del fanatismo a la barbarie hay poca distancia. Hay que impregnar, aducía, la religión del espíritu de tolerancia. O estudiar las diez cartas y cuatro tratados del Pseudo-Dionisio, dependiente de Plotino y Proclo, y cuyo papel en Oriente es análogo al de Agustín en Occidente: uno y otro crearon un neoplatonismo cristiano, pero en formas diversas. La Semana Santa es tiempo propicio para leer las entrevistas de «The Paris Review», la «Naturalis Historia» de Plinio el Viejo, y novelas de Eduardo Blanco-Amor, Mendoza, Rodoreda y Carmen Martín Gaite. Tiempo de estudio de las técnicas de la lógica formal en la construcción y el desarrollo de las matemáticas y el razonamiento matemático, y conversamente, la aplicación de técnicas matemáticas a la representación y el análisis de la lógica formal.
Pero ahora leo, claro, eso siempre, estudio también, pero, ay, paso momentos in albis, contemplando, ensimismado. Observo las visiones grandiosas del cielo estrellado, de nuestro universo compartido, ese al que aplicamos palabras, anhelos, miedos, actos y deseos, como si de verdad fuéramos amados o tenidos en cuenta por él, y tiemblo. Observo la caminos reales, en sazón, de la noche, los éxtasis que se avienen a un principio de felicidad, felicidad, ese proyecto febril, esa cosa irrealizable, esa mentira perfecta, y tan humana. Y al ritmo del tambor en la procesión me abro a algo nuevo que no sé, a algo desconocido, que puede despertar en mis sentidos dormidos acaso una posesión inconfesada. Será que me hago viejo.
