Tractatus 17

¿Alguna vez ha paseado por un rincón tranquilo de una biblioteca o una librería de viejo, y se ha topado con un libro que parecía un tesoro inaccesible, recóndito y escondido? Tal vez se fijó en su cubierta desgastada o leyó sus primeras líneas por curiosidad, hasta que le atrajo irremesiblemete.

Libros raros, buscados intencionadamente o hallados al azar. Libros raros, uf, muy raros: «La bibliopegia antropodérmica ha sido un espectro en las estanterías de bibliotecas, museos y colecciones privadas durante más de un siglo. Los libros de piel humana, fabricados en su mayoría por médicos bibliófilos del siglo XIX, son los únicos libros controvertidos, no por las ideas que contienen, sino por la constitución física del objeto. Repelen y fascinan, y su apariencia ordinaria oculta el horror inherente a su creación», apunta Megan Rosenbloom.

Uno de mis antepasados -militar y matemático- coleccionó libros eróticos y pornográficos. Se siguen vendiendo libros ¿Todavía quedan libreros como aquellos últimos mohicanos de antaño? Aquel tipo de librero que durante seiscientos años ha rastreado sótanos, depósitos y librerías en busca, a veces, de libros raros o, más a menudo, de libros de segunda mano. Eran los cazadores-recolectores del negocio del libro, los viajeros y recolectores que se pasaban la vida salvando libros que, de otro modo, se habrían perdido.

La frase japonesa 期会 (ichi-go ichi-e), significa «una vez en la vida». Un recordatorio de que cada momento es único e irrepetible. Como la lectura de ese libro raro y curioso vorazmente soñado.

Todo lo que leemos ahora parece como comisariado, mediatizado, optimizado y filtrado por algoritmos. Aunque esta comodidad tiene algunas ventajas, carece de la magia de la serendipia o de la intención prolongada hacia un volumen determinado: la emoción de lo profundamente personal. Porque los libros raros son especiales.

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Bartolomé José Gallardo fue un apasionado coleccionista y especialista de libros raros y curiosos de los siglos XV, XVI y XVII. Liberal, historiador, bibliógrafo y maestro de bibliógrafos, la obra que dio sentido a su largo trabajo fue la póstuma: «Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos». Catedrático de Lengua francesa en Madrid, bibliotecario de las Cortes de Cádiz y diputado por Badajoz. Polémico, irónico y satírico, de orígenes humildes. Nadie mejor que Juan Manuel Rozas para definir el perfil del personaje:

«Es uno de nuestros primeros medievalistas, consumado cervantista, sumo conocedor del Siglo de Oro, sobre todo de nuestra poesía y nuestro teatro. Al mismo tiempo, terrible polemista, escritor satírico, discreto poeta, agudo corresponsal, antólogo sensible y un fino ensayista con lenguaje propio. Y, en la base de todo esto, su bibliofilia. Si hubiese sido un bibliógrafo común y corriente, sin más pretensiones que amontonar papeletas, hubiese acabado obras y obras, pero su curiosidad, su genial interés por todas las ramas que sustentan y auxilian a la literatura, le han hecho un bibliógrafo innovador, porque aporta a la cultura española de su tiempo, nada menos que una nueva metodología, una nueva forma de entender el oficio. Desde él, para ser un excelente bibliógrafo hay que ser un filólogo».

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