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-Con vocación llamémosle «absoluta» y dedicación escasa. Escasa en tiempo. De un resultado que siento muy insatisfactorio. Tropiezo instintivamente con Rilke, Leopardi, Mann, Boswell, Lobo Antunes.. y me hundo. La cadena montaña de las fulgurantes cumbres literarias me aplasta. Soy un escritor inseguro, y con complejo de inferioridad.
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-Escribí en catalán y castellano, y dos rarezas, una en inglés y la otra en latín. Un latinista me corrigió y me dijo que el texto estaba plagado de errores. El texto, sin corregir, con su latín macarrónico, decía:
Sub hac tribunam iacet corpus Christian
Christian filius vixit per annos–
de experientia vitae breviter scripsit.
Multa cogitavit. Dilecta uxore fillius
quinque nepotisque ripa maris obit.
Kalendas iunit anno domini.
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-Mi gran defecto como poeta, entre muchos otros, es la falta de variación. En cuanto a la forma, cualquier poema tomado al azar ya es representativo. No fue mi vida un vagabundear de pensiones, nunca me faltó el dinero, por lo que no encontrarán en mi obra, cómo decirlo, algo similar a un baudeleriano matriz de morbosidad. Ni prostitutas, borrachos ni cadáveres. Acaso algún loco, dados mis recurrentes ingresos en los manicomios. Tengo una buena educación innata, pero ausencia de vitalidad. Cuán cerca me quedo a veces de la estupidez..o la simple golosina. ¿Antiguo o moderno? Ni restaurador de una antigua tradición ni novísimo a la última moda en el gay trinar. Mi poesía es barata y se entiende.
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-Empecé a interesarme por el lenguaje muy pronto. De niño leí cómics, a Salgari, a Verne, simultaneándolo con un talento e interés matemático precoz. Pero enseguida vinieron las sorpresas (tras la lectura de «Joven poesía española», de Pereda y Moral) La sorpresa y el asombro por lo que se podía hacer con las palabras. La importancia de lo escrito, de cómo escribirlo más que de qué escribir, la preocupación por las palabras me vino dada por la lectura de esos poetas antologados. Y el desasosiego al percibir la diferencia entre buena y mala escritura, que brotó en mí pronto, y resultó intenso, acuciante. Una angustia completa, vaya. Afanosamente buscaba la pirueta por la pirueta. Conocida es la frase que dice que el escritor debe sufrir para que el lector no sufra. Me arrepiento de mi etapa de formalista en pos del mero efecto orfebre, del alarde verbal, del «más difícil todavía».
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-Mi madre. Mi madre acostumbraba a leeerme poemas, después, yo solía leerle mis poemas.
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-No me apena. Si mi obra quedara me convertiría, dada la idiosincrasia de mi vida, en un personaje de culebrón. Tampoco escribiré mi autobiografía; el mundo rebosa de escritores que no se reprimen un ápice a la hora de contarnos su vida.
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Nacido en 1971 en Barcelona, España, Christian Sanz fue el mediano de una familia burguesa con tres hijos. Tras licenciarse en la U.B., trabajó casi treinta años para el gobierno francés, trabajo discreto que debió dejar debido a una enfermedad mental. En la actualidad vive solo en un pazo de una minúscula aldea orensana, sin esposa ni hijos, en la más completa soledad. Pasa días y días solo, y le parece absurdo pensar que en un campo tan grande solo germine un grano. Una sensación de vacío inerte que le resulta insoportablemente opresiva.
