
Escribo y leo por la misma razón: para recuperar mi infancia, una infancia de utillería altoburguesa (sala de juegos, estudios heráldicos, piano Steinway, cuadros de Vidal-Quadras, alfombras mágicas, cortinas aterciopeladas, biblioteca, gabinetes de estudio…)
Y la casa de la playa en Sitges, donde el agua del mar es silenciosa, acaso sutilmente cortés ¡Sitges! El bermellón mezclado con mitos del modernismo. Sus pigmentos suavizados con miel, jugo de higos, aceite de amapolas y babas de caracoles rojos. Acuden a mi memoria acuarelas y óleos (desconfío del frágil pastel y la ruda témpera) Mundo paradisíaco de esmaltes ámbar. El deleite de esfumar témpera. Por eso escribo y leo.
Escribo y leo para poder volver a estar con mi familia «high class». Recuperar los veranos de divinos rincones, los viajes por Europa, la vida intrauterina alejada de inclemencias. Los fines de semana recorriendo el interior de Cataluña para ir a comer a remotos restaurantes de cocina fascinadoramente inmediata, y el sabor posterior de la tertulia, la sensación ininterrumpida de hablar y oír hablar, el sabor versallesco de las palabras en la boca.
Escribir y leer me resultan una actividad elegíaca. Escribir o leer es habitar la casa de la Du Deffand, la Lespinasse o madame Tencin. Rodeado de una cofradía de gaviotas venidas de no sé dónde, en un universo de alas irisadas, con zumbar de teatro. La belleza del mundo. Pasos contados por el malecón. Y el rostro de mamá coloreado de reflejos matinales, apetencia de una felicidad tan compasiva como la vida.
Quiero acostarme y dormir por siempre en esos pasajes. En esa avalancha hacia el Sol y la Luna. Y mi piel entrando en júbilo por esas corrientes calientes. Por eso escribo y leo.
