Tractatus 20

Lasitud, agotamiento, astenia, desaliento, insomnio, autorreproches, culpabilidad, ralentizamiento de ideas, cerebro minado y agotado. Delirios y voces. Mi lengua se aleja de las playas de Homero. Envenenamiento por benzol o cicuta. Como estar encerrado en una habitación ferozmente recalentada, como vivir dentro de una caldera. Con monstruos de piel negra. Con pavesas de eucalipto en la garganta. Ojos acalados. Trastornos, en fin, de mi esquizofrenia cenestopática, ​de mi melancolía, ese aire parado de voz triste -cortinas cerradas-, ese aire de «porter le diable en terre».

Nervios embotados, vida insensible al disfrute o la excitación placentera. Ánimo insípido e indeferente. En vano busco alivio en mis libros favoritos, en aquellas palabras de nobleza y grandeza de las que siempre saqué fuerza, ánimo y consuelo. Ahora las leo sin sentimiento, despojadas de encanto. Una vida sin pulso, sofocante. El pensamiento vacilante, rumiante, indeciso y autopunitivo. Las sombras del anochecer que parecen más sombrías, las mañanas menos alegres. Entumecimiento, enervación, pero, sobre todo, una extraña fragilidad, como si mi cuerpo hipersensible se desarticule torpe, carente de la coordinación. La mente replegada sobre sí misma y los horizontes cerrados.

Deja un comentario