
Como buena regla lectora recomendaría, después de leer un libro nuevo, no disponerse nunca a leer otro libro nuevo hasta haber leído uno viejo por el medio. Los libros no son huevos, ¿saben? Que uno haya envejecido no significa que esté malo. Kafka: » Se dedica demasiado tiempo a lo efímero. La mayoría de los libros modernos son meros reflejos vacilantes del presente. Y desaparecen muy rápido. Se deberían leer más libros antiguos. Los clásicos. Goethe, Homero, Lucrecio. Lo meramente nuevo es lo más transitorio de todo. Hoy es hermoso, mañana simplemente ridículo». Los libros viejos, ay, huelen a una combinación de notas herbáceas con un toque ácido y un toque de vainilla sobre un almizcle subyacente.
«Guardo celosamente mi tiempo de investigación, y me encanta sumergirme por completo en esos libros y papeles viejos y polvorientos de los archivos, universidades y bibliotecas. Es una de las partes más gratificantes de mi trabajo», Sigbert Josef Maria Ganser.
«Bendiciones sobre la cabeza de Daniel Charles Solander, un botánico distinguido, que después de extensos viajes llegó a ser «Keeper» en el Museo Británico. Inventó el estuche de cuero que lleva su nombre, una caja con la forma exacta de un libro, en la que se puede guardar algún precioso volumen cuando se coloca en las estanterías», Manuel Pecellín Lancharro.
«El tomo pesaba más que todos sus libros de texto juntos y olía a humedad, como una tienda llena de cosas mucho más viejas que ellos. Cada página parecía a punto de romperse, y mis alumnos se esforzaban por no dañar el libro», Claude Bernard.
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Perdí pie con el mundo moderno. Me asola la impresión de que el cine es de una gran perfección técnica, pero que arropa naderías. La música (creo) apenas es tal música. El teatro no existe. En la pintura prima más la especulación que la estética. Sensaciones de un diletante intelectual que probablemente correspondan a un alma vieja y desfasada. A veces imagino si quizás no pasarían desaparcebidos, y apenas leídos, Cunqueiro o Valle-Inclán, de haber vivido en nuestra época. Acaso el ocaso no sea de los tiempos, sino mío.
Ambrosio, Agustín, Casiano, Alcuino y Bernardo, opacaron a Juan de Fécamp, «el más notable autor espiritual de la edad media antes de San Bernardo»(A. Wilmart, «Auteurs spirituels et textes dévots du moyen âge latin», París, 1932, p.127) Fécamp no dejó de aspirar a la soledad del eremitismo. A mí me gustaría leer libros raros, antiguos, en lenguas exóticas, y vivir en soledad. Leer, no a Pérez Reverte ni Sonsoles Ónega, sino «Delle Memoria historiche della città di Catania», de Pietro Carrera, o no las vaciedades de Dolores Redondo, sino «De re Grammatica hebraeorum opus, in gratiam studiosorum linguae sanctae methodo quam facilima conscriptum», de Jean Cinquarbres. En primeras y rarísimas ediciones.
