
«Henry Cavendish era un gran hombre con extraordinarias particularidades: su voz era chirriante, sus modales nerviosos, tenía miedo de los extraños, vestía el traje de sus abuelos, y cuando se sentía avergonzado articulaba el habla con dificultad. Era enormemente rico, pero no hizo uso de su riqueza… Cavendish vivió severamente la vida de un solitario, recluido en su sótano. Un día fue a la cena del Club y a la Royal Society, y no se relacionó con nadie, demostrando una gran hurañería. No recibía jamás en su casa. Fijó el peso de la tierra, estableció las proporciones de los constituyentes del aire, se ocupó del estudio cuantitativo de las leyes del calor y, por último, demostró la naturaleza del agua y determinó su composición volumétrica. La tierra, el aire, el fuego y el agua, todos y cada uno de ellos fueron objeto de sus observaciones. Fue muy sagaz y profundo, y con seguridad el científico británico más consumado de su tiempo», John Hudson, «The History of Chemistry».
Henry Cavendish era extremadamente tímido, solitario y misógino. No veía a nadie, ni siquiera a su familia más cercana; se comunicaba con sus sirvientas solo a través de notas escritas y nunca tuvo interés en publicar sus geniales hallazgos. Nació en 1731 en el seno de una de las familias más ricas de Inglaterra de ese momento. Su padre, Lord Charles Cavendish, era el hijo menor del duque de Devonshire, miembro de la nobleza británica. Su madre, Lady Ann Gray, murió dos años después de que el científico naciera, al dar a luz a su hermano Frederick. A los 11 años, Henry entró a estudiar en la Escuela de Newcome en Hackney, al este de la capital inglesa. Luego, a los 18, ingresó a Peterhouse, uno de los colleges más antiguos de la famosa Universidad de Cambridge. Su timidez generó incomodidad en su entorno, donde se comentaba que estaba siempre en su propio mundo y que no interactuaba con nadie. Ello, en parte, fue la razón para que decidiera abandonar sus estudios antes de graduarse. Fue entonces cuando se aisló y se dedicó exclusivamente a lo que más lo apasionaba: la investigación en las áreas de la matemática, la física y la química. Y a pesar de que en 1773 heredó de su tío una fortuna de 1.200.000 libras esterlinas -convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de Reino Unido-, el dinero no influyó en su estilo de vida.
Personalidades como Cavendish o E. Dickinson sorprenden por su radicalidad. La soledad suele destruir la conciencia, o conducir a la locura. El aislamiento es contra-terapéutico. Pero tomar como fin la ciencia o el arte, y tomarlos con seriedad, y encima en alguien muy talentoso, genera vidas cuyo resultado nos admiran tanto como nos espantan.
