Tractatus 23

Escribo desde un oscuro y pequeño poblachón orensano. Publico, en cortas tiradas, modestos papeles provincianos. Creo que mi prosa no es seca academia, abyectos ilusionismos arribistas, desacreditados trucos del «trompe l´oeil» anquilosado. Sé que mis páginas no son del todo modélicas, pero, sin embargo, y como Michelet al describir el detalle del brocado rojo un poco pálido del bonete con que llevaron a la guillotina a Luis XVI, a veces acierto, doy en el blanco. Entonces hay sabor, plasticidad, invención, gracia y genio en mi lengua, por muy pueblerino que se me vea.

Deseo mi escritura con lustre y celofán de elegante ostrería. Aunque mi aislamiento gallego es digno de carolino de la Oceanía, me gustaría que mi literatura fuese perfectamente acogedora, como la salita de estar de una vicaría, como dibujos a pastel rojo de Henry Moore. Sueño con que la algarabía de mi lenguaje deje percibir algunas profundidades. Me apena que se me considere solo rural, o loco, o campesino, agrario y pedestre.

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