
Se me mezclan unos polisíndetos en los cogollos de tudela con anchoas y vinagreta de pimientos, la escudella y la samfaina tienen ese típico sabor borgiano de sus lítotes. Las hojas de la ensalada flotan con el espíritu de calambures quevedescos («Son los bizcondes unos condes bizcos»), brillan con hipérbatons gongorinos («Mientras a cada labio, por cogello») Berberechos o almejas a la sartén, espardeña a la plancha o centollo cocido, están disueltos con el sabor salado de metáforas, anáforas, sinonimias y sinécdoques. Por la aceitera ruedan adjetivos verdes, el azucarero guarda como un tesoro nombres blancos, y los cuchillos cortan inmesericordamente a rodajas artículos, pronombres, adverbios, verboides, preposiciones, conjunciones e interjecciones. Me alimento de palabras, gazpachos y tortillas.
(A Marc Colell)
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Ingratas voces me acusan de liróforo ganapán, malandrín, ñiquiñaque, zamborrotudo, ñengo, paparote y sancirole, pero me emociona, ay, el aquilón, el lebeche o el gregal en la cara, doñear con doncelluecas, lambucear un plato de lentejas, los mojinetes a mi sobrina, y el petricor tras rusticar y sentir el xirimiri pamposado.
