
Consulto la voz «belleza» en el diccionario. En el Tesoro de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias señala sucintamente que “Beldad” proviene del toscano «beltá», pero se explaya en las voces “Hermoso” (“Dizese de todo aquello que en sí tiene tal compostura y agrado que deleita con su vista, y lleva tras sí nuestro ánimo y voluntad”)
Detrás de todo el rencor y oprobio del mundo se yergue la belleza. Siento el placer puro, la hermosura cálida y sin mácula, el alto ser sin por qué, por innumerables palabras (a un escritor se le supone sensibilidad lingüística como valor al soldado)
Leo u oigo «guasanga» (bulla, algazara, barahúnda), y la «u» parece el oblicuo ventanal de un pequeño hotel, las aes unos huevos de gaviota, y las ges imitan henos recién cortados de un color verde brillante. Leo «sardinal» (red para pescar sardinas), y la palabra abre en mi mente tordos cantando entre la lluvia, rosáceos tubérculos, una sombra de ocas pequeñas, algo medroso y que a tientas se asoma a la noche con una música de clarinete. Oigo de unos labios jóvenes «plomizo», y la «z» abomba las choperas, rasga la electricidad, y el grupo fónico «pl» conserva en el lomo su rojizo polvo de huesos.
Las palabras son esa fuerza de las fuentes que refresca los manantiales, basílicas bizantinas submarinas, montañosos pueblos para saborear fruta confitada y unas perdices en sus tabernas, ceremoniosa corúa de arlequines. Son gatitos, lobisones, lobeznos, potrillos, lechones, chivos, pollinos, cervatillos, y áureos tulipanes, y charolados crisantemos, y satinados lirios, lagrimeando en los sueños lúbricos del tenso marfil. Las hay alegres, orgullosas, entusiasmadas, o bien taciturnas y melancólicas. Otras son rojas, magentas, turquesas, así como verdes lima, verdes helecho, y de un blanco seda, de blanco nieve. Hay palabras existencialistas, anarquistas, platónicas, algebraicas, cristianas, maternales, estoicas, como las hay también de un barroco «agitato», de un clasicismo «diminuendo», de una modernidad «piangevole».
El lenguaje, ese exótico y omnipotente predicador de incienso, oro y mirra, es al escritor lo que la luz oxigenada a las estrellas del universo.
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Muere el Papa. No podremos decir de él lo que Garin en «La cultura filosofica del Rinascimiento italiano», Milán, 1994, p.364, dice de Filippo Beroaldo «fu uomo originale, e dottissimo, fra gli ingegni più acuti del suo tempo, filologo di rara perizia»,»Fue un hombre original y muy erudito, una de las mentes más agudas de su tiempo, un filólogo de una pericia poco común».
Bergoglio pareció siempre como salido de un sórdido lavacoches industrial, un populista peronista que usaba playeras, oía reguetón, se ponía pósits de autoayuda en la nevera para pensar, y que, la verdad, no me extrañería que tuviera algún que otro tatuaje.
Defiendo los derechos de la razón frente a la fe. No creo que el cielo cristiano sea verdaderamente el centro de gravedad de todo el mundo espiritual (como lo creyó Pedro de Celle) No entiendo la fraseología patrística ni escolástica; oscuros me parecen asimismo los tropos de Guillermo de Falgar, Pedro de Trabes o Rogerio Marston. Mis gustos filosóficos se inclinan por Frege, Carnap, Dummet, Strawson, Kripke, etcétera. Por la argumentación racional y clara que cuadra con la ciencia. Pero, sea como sea, que descanse en paz.
