
Día de sol, epicúreo y cartesiano. El cielo tiene unos puntos claros y manchas de azul pavo-real que logran un aspecto lívidamente plateado, acaso bordeado de tenues naranjas. El cielo como estuchista de placidez y armonía, evitando estridencias.
Improviso unas palabras al hilo de este buen tiempo. Por cierto, si puede ser, recuérdenme como escritor, alguien que quiso subordinarse a una legalidad literaria (y que pocas veces lo consiguió) Alguien que conscientemente inyectó líquidos antisépticos en sus libros, sabedor del matraquear, de la carraca inepta de demasiados colegas. Recuérdenme como un correcto escritor judeoespañol, feliz y sin contrariedades, que quiso sacar las escrófulas de la prosa y el verso, feliz, pese al fracaso de público lector.
Sir Anthony Panizzi construyó los planos de la sala de lectura del Museo Británico, yo deseé un poquito de pigmento púrpura, un aspecto bronceado, en mi literatura.
La percepción literaria es una percepción “ex causis probabiliter praecedentibus”, y se basa, no en razones necesarias, sino en razones probables. Por mi intemperancia me acerco a Simón de Tournai -buen antecedente-, y por escritor secreto, y casi inédito.
Miro por la ventana y continúa este día de sol, irónico, musical, mundano. La luz con forma de agujas capilares cortesanas. La luz cierta, como un tónico o un jarabe. Hace buen día para quererse.
