
Me siento como con orificios en el tubo craneal. Voces cuchicheantes y burlonas, al igual que las paletadas de un ventilador, me increpan (cinturonazos en la cabeza) Voces calcinadas, herejes, de trovadores enanos, alienados y diabólicos. Oleajes de mordidas de ratas, sodomía, estupro, trizas putrescentes en el porquerizo. Resquebrajado encalado es mi ser, moho en las paredes, manicomio abandonado, un ininterrumpido bandoneo a gritos de «hijo de puta», «mátate», «moco subnormal»… Todo una orquesta pringosa cortándome la cabeza como si tuviera un cúter.
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Es importante combatir la idea de que los esquizofrénicos somos violentos. Malas series policiacas de la tele, y también algunas buenas películas, alimentan esta creencia. Yo me repliego sobre mí, abúlico, apático, sin interés ni voluntad, y siento una indiferencia «hostil» al entorno. Pero evito ceder a bruscos caprichos esotéricos o paracientíficos. Las voces y los delirios no acaban de suplantar la realidad. Pretendo calidez en el contacto, pese a mi propensión a la frialdad y al empobrecimiento afectivo. ME APARTO DEL MUNDO PARA SUFRIR MENOS. Todo se disgrega y se fragmenta. Entrecruzo el sistema de agujas y descarrilo completamente. Mi único refugio es el aislamiento moral e incluso físico. Se amplifican los ruidos, molestan los colores, noto confusa (difusa) la percepción, y las voces me atormentan.
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Gritan los fantasmas de la noche. Un pez respira con los vidrios de mi sangre. El velero ya se dirige rumbo a la Isla del Corsario Negro. Y bajo el agua se desmigajan los sueños de una adolescente. No sé. A veces vivir se hace cuesta arriba. Mañana será otro día.
