
Cerca de mi casa hay un plantío de eucaliptos. Se barraganean contiguos a la cuneta, sus troncos como ancas florlisadas de elefante, su altura propia de una embriaguez en la loca noche. Olor de flamboyanes y armonía, la erizada luz restregada que reflejan. Encarnada sangre verde la luz que absorven.
Así siento las palabras, la literatura. Lo que pertenece a las musas, a la misma música, a diversos estilos de música; un espejo de láminas superpuestas.
Cuando empiezas a escribir sueles usar una lengua de palabrejas, un argot cultista; te ocultas en la retórica vacía. Después pules y buscas una trabajada sencillez. Yo soy un escritor con funciones y alma de esponja. Puedo usar formas periodísticas, o líricas, o conceptistas, o lumpen. Mi prosa es dúctil. Escribo como si declamara arias fantasmales. Un montón de ejercicios de estilo heterónimos. Mi punto de vista es numeroso, mis personalidades lingüísticas múltiples. Voz de palimpsesto, de ventrílocuo. Así no me aburro.
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¿Quién fue Christian Sanz? Lo conocí de las redes. Era un raro, extremadamente individualista, patológicamente solitario, obsesionado consigo mismo, neurasténico orientado al control; inconformista, culto, pedante, cerebral, apenas sensitivo, analítico.
Debió de tener en otro tiempo buenas carnes; pero ya su cuerpo estaba lleno de pliegues y abolladuras como un zurrón vacío. Allí, valga la verdad, no se sabía lo que era pecho, ni lo que era barriga. La cara era hocicuda y desagradable. Un excéntrico, un anómalo de cabeza, frío de corazón, un loco, un raro, o un imbécil. Débil e inseguro ante su poder literario, un hipocondríaco inexpresivo y taciturno, distante, terriblemente indeciso y tímido en el fondo, investido de contradiccciones . Vive en una casa grande y vieja. Las paredes, construidas con ladrillos en parte cocidos, pero en general de adobe, están ahora tan deterioradas por la humedad que se filtra desde la tierra que han empezado a desmoronarse. Aislarlas de la humedad es una tarea imposible; lo mejor que puede hacerse es instalar un lienzo de hormigón impermeable alrededor del perímetro de la casa y confiar en que se sequen lentamente.
Se disponen de pocas fotos suyas. En una parece esquinado, de trato difícil, con mirada recelosa o displicente. De tanto mirarle la cara a la adversidad debía de provenirle aquel alargamiento de morros que le afeaba considerablemente. Acaso el retrato de alguien que padeció ostracismo y agravios, impacencias y brusca soledad, alguien intranquilo y vencido, poco dado a confiar, susceptible y paranoico. En otra, un selfie hecho en el bosque, se percibe la piel rugosa, como de naranja, un mentón autoacusatorio, facciones de un tipo vulgar. Se le ve relajado. Gordezuelo, también grande la calva, también grande la barba, las cejas pobladas, indicadas en arco como con la punta pincel. Los ojos miopes, castaños, pero sin asomo de coquetería. Canoso, tiene un aire aseado, cierto aire de desenfado. Aquí parece hombre suave, bondadoso, de buen -sano- genio, simpático, un poco atolondrado y semeja buena persona. Con un prurito de felicidad. En la útima fotografía, se le ve ya pesimista, acabado, destruido; no mira a la cámara, el labio inferior vehemente, como salivoso, el retrato de alguien atrapado, que sufre y no se sabe por qué anhela. Enfermizo, mirada ida, manicomial, y la ropa, aunque limpia, muy arrugada.
A este huidizo personaje , ¿le gustó Snoopy, tuvo broncas con su familia, disfrutó con «Scarface» de Hawks, Joseph Losey, Baroja, la ornitología, la riqueza, los domingos por la mañana? ¿Qué precio tenían las meretrices a las que era asiduo, cuántas veces estuvo enamorado, por qué países viajó, dónde trabajó, tenía memoria, fue en verdad esquizofrénico, cómo era su casa? Nunca lo sabremos. Tengo la sensación que ocultó y fingió mucho, un maestro mentiroso, pero alguien igual al resto, desde cierto ángulo, y muy diferente de los demás, desde otro punto de vista.
Me dijeron que fue austero en su vida y exuberante en su trabajo, discreto, ciclador rápido (humor muy cambiante), a resguardo del mundo en su casa-búnker de Orense. Se desconoció, se desconoció.
Entre sus papeles se encontraron las críticas de perfumes de Chandler Burr.
