
Pasan las horas iguales, monótonas y gemelas. Paseo algo, leo mucho, un poco de música y cine, ningún amigo, ningún amor. La ginebra bien fría, y el sabor mielado y sutilmente aromático del tabaco. Soporto mis malas horas como piedras sin desbastar. La desdicha no es necesario cultivarla, se encuentra sola (Borges). La gente me decepciona ¿Salir por ahí? Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen (Bukowski)
Aspiro a una vida menuda. Carezco de ambiciones. A veces, al igual que fogonazos, fragmentos, interpolaciones, irregulares espíritus, distendidas distancias o coágulos en el tiempo, a veces acuden a mí trozos vivos de memoria. Perfiladas colecciones de momentos pasteurizadas, conservadas en frío, en salazones ¿Sobre si me da miedo el porvenir? Poca vida tengo por delante; me gustaría ver publicada mi pentalogía, y lamentaría no gozar de la íntima alegría de la relación con mi hermanita y mi sobrinilla. Echo de menos, cómo decirlo, el especial «contorno», «halo», de cuando vivían papá y mamá, o tambien Maurici y Marta. Echo de menos los antiguos cariños y afectos.
Ahora ni rumores de conversación, ni runrún por la sala, solo silencio casi absoluto o las voces de mi locura. Desde el punto de vista de la posibilidad, de las circunstancias, mejor no puedo estar. Casi todo apuntaba a que acabara ingresado de por vida en un manicomio. Desconfiemos de la crédula -incapaz- cháchara de médicos.
Yo y la lija o rechino sin aspereza de mi biblioteca. La noble confianza clásica de convertirse en buen lector y pasable escritor. El trópico verbal en el glande abombado. La extensión del frenillo semejante a una nariz, el gladio velazqueño de la verga. Mi sexualidad solo es lingüística. Mi soledad solo es sexual. Cerca de la playa de las estrellas, a punto de ir a ese arenal, más melancólico que feliz, más enervado que sosegado, resisto.
