
(Mosaico de mi locura)
Periodos de «tiempo perdido» los de la locura. Tu nivel de energía parece cambiar de un momento a otro, y sin motivo aparente. Regresa una imperfección grave en moradas subterráneas. No entiendes por qué sientes lo que sientes y no puedes explorar esos sentimientos. Tu vida parece inconexa y a menudo confusa. Una experiencia aterradora, como si te desplazaras a orines y excrementos de cloacas. Te sientes fuera de control y probablemente notes que te estás volviendo incorregiblemente pirado e incurable. Lo cotidiano se vuelve extrañamente distante, incomprensible. Con tu pelo sucio, desgreñado, tus fuerzas no dan para más. Mudas, negrísimas playas inundan el mar océano. Y el ruido derramándose desde tu cabeza hasta cada una de las amplias estancias de la casa.
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Virginia Woolf dejó una última nota a su marido en la que le decía: «Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez». En su última nota también afirmaba que temía no recuperarse de su enfermedad, que no podría soportar otro episodio depresivo y que oía Voces.
Las Voces, con sus buenas o (más frecuente) malas intenciones, deben irse a la mierda. Voces como pétalos semitransparentes de un rojo morado, de un rojo mierda enorme. Gigantes, tendidas en tu cabeza, hacen temblar y resquebrajan cristales de aflautadas copas o la salud de niños pequeños. Como regimientos de tambores tocados por soldados ciegos a punto de morir con sus turbantes descompuestos. Pugnan por salir por la trampilla de tu cabeza las frases de siempre, las “normales”, pero, pese a la insistencia, no lo logran. Las colonizan las viciosas apaches.
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Si eres una persona con una enfermedad mental, el reto es encontrar la vida adecuada para ti. Pero, en realidad, ¿no es ése el reto para todos nosotros, enfermos mentales o no? Mi suerte no es que me haya recuperado de una enfermedad mental. No lo he hecho, ni lo haré nunca. Mi suerte es haber encontrado mi vida, una vida como lector y escritor. Los libros me abruman de afabilidades, y, aún rodeándome la angustia de tiempos tan tempestuosos, la angustia de mi locura agolpada en el cerebro galopante, sé que con un libro en la mano me libero de fatales impulsos y sinsabores.
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Si caminas por un sendero lleno de zarzas y piedras, de sacrilegios y perjurios, un sendero que se retuerce y gira bruscamente, es fácil perderse, cansarse o desanimarse. Puedes sentir la tentación de abandonar por completo, las ganas de romper el espolón de bronce que guía tu barco. Pero si aparece una persona amable y paciente (“¿Me oyes, mamá?” “¿Estás ahí, Noemí?”) que te coge de la mano y te dice: «Veo que lo estás pasando mal; ven, sígueme, te ayudaré a encontrar el camino», el sendero se vuelve manejable y el viaje menos aterrador. Mamá y Noemí son colores, dulces sabores, aceites del más bello sur, vituallas. Cofres y baúles mágicos, soplos de nieve en irisados cirros de los cielos, amuletos. No sé cómo pagarles por todo lo que me ayudaron.
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Al principio, las Voces no son muy divertidas. En parte, simplemente porque incomoda oír voces, digan lo que digan. Además, yo no parezco gustarles mucho. Se dirigen a mí unilaterales, gravosas y sádicas. Pensamientos basura, al igual que la geomancia, cartomancia, heteromancia, aeromancia, demonomancia, quiromancia, necromancia, belomancia, lecanomancia. Tollinas, vapuleos y zurribandas del lado más patéticamente adivinatorio e irracional de la vida. Voces: ideas calamocanas, genetlíacas, esperpénticas, crapulosas, juyuyas, botiondas.
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Tengo un recuerdo borroso de acercarme a una persona con aspecto de médico y quedarme totalmente absorto con su pasador de corbata dorado, o bien con los broches como de verano restaurado de una rubia (y guapa) enfermera. Sospechaba que eran el botón y adminículo del fin del mundo, así que no los toqué… No sé quién más sería tan insípido o irresponsable o atrevido como para pasearse por un psiquiátrico llevando el botón del fin del mundo encima…
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Empezó con cuidado y poco a poco, y casi no me di cuenta. Era como un bonito, claro día de verano en el que la niebla se desliza lentamente sobre el cielo. Primero como un fino velo sobre el sol, luego lentamente más, pero el sol seguía brillando, y no es hasta que dejó de hacerlo, cuando de repente hizo frío y los pájaros no piaron, cuando te das cuenta de lo que está pasando. Lo que pasa es que tu conciencia se expande en colores oscuros y líneas quebradas. Que las luces de la lamparilla ya no te iluminan. Atrozmente invisible y vilipendiado. Lo que ocurre es que con el estigma te marcan a fuego la estrella de David.
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Aunque en el hospital las Voces eran mucho más intensas que antes, en cierto modo eran menos aterradoras (carcaj de monarcas vencidos y jefes teucros también rendidos) Cuando estaba en el instituto y en la universidad, me habían sorprendido a hurtadillas, saliendo casi sin avisar. Ahora me resultaban casi familiares. Las odiaba. Las sufría. Pero me parecían casi una parte normal de la vida. Las conocía. Las comprendía y las soportaba. Las Voces se quedaron. Serpientes marinas y centinelas en mi garita. Conmigo ya durante décadas.
