Automoribundia 4

“For last year’s words belong to last year’s language / And next year’s words await another voice”, Eliot. No sé de cosas ni personas, sé de palabras, sé del sistema de representación, pero ignoro lo representado.

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“Embrear”, untar con brea los costados del buque, cables, maromas, sogas, etc. “Seda joyante”, la que es muy fina y lustrosa, “seda conchal”, la de clase superior, que se hila de los capullos escogidos. “Cuadrinomio”, expresión algebraica que consta de cuatro términos. “Peinería”, taller dedicado a fabricar los peines, o tienda donde se venden. “Tronzo”, dícese del caballo o yegua que tiene una o ambas orejas cortadas, en señal de ser considerado inútil. “Walchia”, planta conífera del Pérmico, semejante a la araucaria actual, distribuida por toda la superficie de nuestro planeta en aquel período.

Las palabras son pálidas sombras de nombres casi olvidados. Lugares donde, antiguamente, las lavanderas y sus amigas se bañaban, en un sitio donde pegaba el sol a plomo, incluso debajo de los árboles; en ese lugar la lavanderita es nuestro símbolo, el logos, el sueño de la gramática, y mirad ahora cómo se frota lúbrica contra el albornoz, y la manera en que le acarician con la lengua el cuello y los senos y los pezones, y le lamen hasta la planta múgil de los pies.

Como los nombres tienen PODER; las palabras también lo tienen. Poder, música, tacto, olores, colores y formas. Tienen doble filo, al igual que las espadas de los héroes. Pueden encender los más tiernos fuegos en las mentes de los hombres. Pero pueden arrancar lágrimas de los corazones más duros. Cabellos hermosos ondeando en la proa de un yate para viajes de recreo, familias principescas de Europa, cremas perrunamente caras, topos en los túneles de la noche, dachas clareadas con luces de velones de cera…

Una mayor conciencia de uno mismo, el distanciamiento, el sentimiento de no participar, la vergüenza y el odio para sí… no todo eso es malo. Esos demonios fueron también mis ángeles. Sin ellos nunca se habría expresado mi lenguaje, mi literatura, mi mente, mi locura, todo aquello que me hizo y deshizo. Me gustaría tener palabras para todo, un Funes con diccionario infinito, palabras para “la tristeza que inspiran los restaurantes de autopista”, “la emoción al conseguir una habitación con mini-bar”, “el arabesco del arrebol”, “el tipo de corte en los dedos que causan las hojas de un libro”, “la sombra que despiden los ángeles”, “el charco de agua que deja una adolescente recién bañada y que se estira en su toalla a tomar el sol” etc. Nunca he tenido las palabras adecuadas y exactísimas, dominadas y bien sujetas, para describir mi vida, y ahora que entro en el invierno de mí mismo, las necesito más que nunca.

Cuando no puedo ver el lenguaje enroscándose como anillos de humo a mi alrededor, estoy en la oscuridad, no soy nada. Las palabras son mis dioses, goletas sobrecogidas por terribles temporales, borceguíes en el barrio de los zapateros, río Élide que desagua su cauce en el mar más profundo. Si las siento lejos, si no las encuentro, no soy nada. Palabras de maravillosa singularidad natural, que atraviesan intactas guerras, epidemias y revoluciones.

En una carta a Anne Clarke, del 3 de julio de 1964, A. Sexton escribe: “I like you; your eyes are full of language», “Me gustas; tus ojos están llenos de lenguaje”. No hay mayor cumplido, ni menor señal de decadencia.

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