
Mamá experimentó su breve tormento y ya traspasó. Nunca volveré a verla, y cuando quiero pensar más en ello, el sueño devine en instantes crueles ¿Los ojos de la memoria acabarán por no ver nada cuando la siga enfocando? Simplemente trato de vivir, de sobrevivir, dejando que la vida suceda, triste, pobre y mediocre, dentro de mí, sin la colaboración de su antigua y plateada voluntad.
Pero renacen las dulces imágenes, para nunca más abandonarme: en la playa de Sitges, por los ochenta, con su voz de vidrio de colores suaves, con sus ojos claros de plancha de metal electrizada, tan vivos. Cuando me regañaba por niño tragón, y sus simpáticos brazos gesticulantes eran como pulsar aéreas castañuelas. Cuando estaba enfermo, y sentía su vagarosa y noble mano apretando la mía.
Se nos servía la comida en el porche enrejado del restaurante. Mantel de lino y platos de porcelana. Ella revuelve la crema de su sopa helada de remolacha mientras tintinean los cubitos de hielo. Sombras conquistadas al sol. Restaurante lujoso en un pueblito de Alsacia. Pasamanos de la escalera y columnillas de modernismo fin de siglo. Nací entre el lujo. Mi familia fue un lujo. Vivir con mamá fue memorable y celestial, como encartar oros y blancura de “le chevreau” en el verano más soñador y confiado, en el verano más eterno. Te echo mucho de menos, mamá.
