
«Intenté mezclarme con el mundo y la gente sigue decepcionándome», Miguel González Purroy.
«El momento más solitario en la vida de alguien es cuando está viendo cómo todo su mundo se desmorona, y lo único que puede hacer es quedarse con la mirada perdida…», Klaus Gauger.
«Recuerda: cuando te sientes solo, es cuando más necesitas estar contigo mismo. La ironía más cruel de la vida», Srinivasa Varadhan.
«¿Por qué la gente tiene que estar tan sola? ¿Qué sentido tiene todo esto? Millones de personas en este mundo, todas ellas anhelantes, buscando que otros las satisfagan y, sin embargo, aislándose. ¿Por qué? ¿Se creó la Tierra para alimentar la soledad humana?», Veronica Lake.
«Aquí estoy. Te quiero. No me importa si necesitas quedarte llorando toda la noche, me quedaré contigo. Si vuelves a necesitar la medicación, adelante, tómala; también te querré. Si no quieres tomarte la medicación, también te querré. No hay nada que puedas hacer para perder mi amor. Te protegeré hasta que mueras, y después de tu muerte te seguiré protegiendo. Soy más fuerte que tu Esquizofrenia y más valiente que tu Soledad, y nada me agotará jamás», M. Gómez Carballo, mi madre.
«Tal vez todos en todo el maldito mundo tienen miedo de los demás», J. Steinbeck.
«La soledad es buena, pero necesitas a alguien que te diga que la soledad es buena», Balzac.
«No siento ningún placer por las drogas a las que a veces me entrego con locura. No ha sido en busca del placer por que he puesto en peligro mi vida, la reputación y la razón. Ha sido el intento desesperado de escapar de recuerdos torturantes, de una sensación de soledad insoportable y del temor a una extraña fatalidad inminente», Poe.
«Mamá, donde solías estar, hay un agujero en el mundo, por el que me encuentro incesantemente paseando de día y cayendo de noche. Te echo mucho de menos»; C. Sanz Gómez.
«Dios, pero la vida es soledad, a pesar de todos los opiáceos, a pesar de la estridente alegría de oropel de las «fiestas» sin propósito, a pesar de las falsas caras sonrientes que todos llevamos. Y cuando por fin encuentras a alguien a quien puedes contarle tu alma, te sorprendes de las palabras que pronuncias: están tan oxidadas, tan feas, tan vacías de significado y tan débiles por haber permanecido tanto tiempo en la pequeña y estrecha oscuridad de tu interior. Sí, hay alegría, satisfacción y compañía, pero la soledad del alma en su espantosa autoconciencia es horrible y abrumadora», S. Plath.
«La soledad es la condición humana. Cultívala. La forma en que se introduce en ti permite que tu alma crezca. Nunca esperes superar la soledad. Nunca esperes encontrar personas que te comprendan, alguien que llene ese espacio. Una persona inteligente y sensible es la excepción, la gran excepción. Si esperas encontrar gente que te comprenda, crecerás rodeado por la decepción. Lo mejor que puedes hacer es comprenderte a ti mismo, saber qué es lo que quieres y no dejar que el ganado se interponga en tu camino», Luis Sanz Leví.
«Me siento solo. Y me siento solo de una forma terriblemente profunda y, por un instante, puedo ver lo solo que estoy y lo profundo que es este sentimiento. Y me da mucho miedo sentirme tan solo porque parece catastrófico», J. Nash.
***
La soledad es como el colesterol, hay una buena y otra mala. Pero aunque sea descorazonadora, puede ser fuente de una insultante prosperidad. Una vez pasadas tus noches reptiles, en que te crees incapaz de soportarla, te endurece en costumbres, aprendes y hostiga menos.
Emanuel Levinas: “La soledad es la unidad misma del existente, el hecho de que hay algo en el existir a partir del cual tiene lugar la existencia […] Así pues, la soledad no es solamente desesperación y desamparo, sino también orgullo y soberanía”, “El tiempo y el Otro”, p.80
Kierkegaard: “El hombre de espíritu se distingue de lo que somos nosotros por su capacidad de soportar el aislamiento, su rango, como hombre del espíritu, es proporcional a la intensidad con la que puede soportar el aislamiento, mientras los hombres que somos nosotros permanentemente necesitamos de los “otros”, del grupo; nos morimos, nos desesperamos, si no estamos resguardados por la pertenencia al grupo, por tener la misma opinión que el grupo”, “El instante”, p. 93
María Zambrano: “En los momentos de soledad, de esa soledad total que adviene tras la experiencia del desengaño de las cosas y su vacío se hace sentir la realidad -o su ausencia- como proveniente de un foco primario, viviente. Solo él puede restituir la confianza y la vida”, “El hombre y lo divino”, p.301
Mounier: “El hombre de la diversión vive como expulsado de sí, confundido con el tumulto exterior. Así el hombre es prisionero de sus apetitos, de sus relaciones, del mundo que lo distrae. Vida inmediata, sin memoria, sin proyecto, sin demonio, es la definición misma de la exterioridad, y, en un registro humano, de la vulgaridad. La vida humana comienza con la capacidad de romper el contacto con el medio, de recobrarse, de recuperarse, con miras a recogerse en un centro, a unificarse”, “Obras completas”, Vol. III, p.485
***
Huxley: “La mayoría de los hombres y las mujeres lleva una vida tan dolorosa –en el peor de los casos-, o tan monótona, pobre y limitada –en el mejor- que el impulso de escapar, el anhelo de trascenderse aunque solo sea por un rato, es y ha sido siempre uno de los principales apetitos del alma”
Y que mejor vía regia y magna a ese anhelo e impulso que la soledad creadora. Tomo como argumento de autoridad a Montaigne. Varias citas:
“Creo ahora que el único propósito de la soledad es vivir cada uno a su gusto y a sus anchas”
“Por eso no basta con apartarse de la gente ni basta con cambiar de lugar. Es preciso sustraerse al hábito de la compañía humana que llevamos dentro; secuestrar nuestro yo y poseerlo nuevamente. Llevamos con nosotros nuestros grilletes; no somos del todo libres. Volvemos la mirada una y otra vez a las cosas que hemos dejado atrás; fantaseamos con ellas constantemente”
“La soledad que amo y defiendo consiste, en suma, en recuperar mis sentimientos y cavilaciones y apropiármelos de nuevo, en restringir y refrenar no mis pasos sino mis deseos y zozobras, negándome a preocuparme de cosas externas y huyendo como de la peste de la servidumbre y las obligaciones: en retirarme no tanto de la humanidad como de la muchedumbre de los quehaceres humanos”.
Por Zeus, cuánta bienaventurada soledad. Los rudimentos de un gran carácter solo pueden formarse en soledad, persiguiendo la solidez del pensamiento, la afición a las ideas, el aborrecimiento de la insulsa indolencia, evitando sufrir compañía, penosa compañía.
La soledad es la lepra del s. XXI, porque en lugar de entrar en el santuario de nuestra lujosa mente, no nos retiramos de la agonía, el terror y el miedo a nosotros mismos.
***
Escribió sagaz y certero De Quincey: “Ningún hombre que, cuando menos, no haya contrastado su vida con la soledad, desplegará nunca las capacidades de su intelecto» Y Edward Gibbon insistió en una observación similar: «La conversación enriquece nuestro intelecto, pero la soledad es la escuela del genio; y la unidad de una obra denota la mano de un artista individual» O Jung, sobre un punto de vista bastante igual: «Los años en que estuve persiguiendo mis visiones interiores fueron los más importantes de mi vida; en ellos se decidió todo lo esencial» Y concluiré con un poeta, cifra y numen de mi hipótesis, expuesta con discernimiento sapiencial, energía en la dicción y exuberancia en la expresión. Escribió Wordsworth:
«Cuando, durante mucho tiempo, de nuestro mejor Yo fuimos
apartados por el ajetreado mundo, y desfallecemos,
enfermos de su quehacer y cansados de sus placeres,
cuán misericordiosa y benigna es entonces la Soledad».
La psicología popular y el arte comercial (o no tan comercial) nos han convencido implícitamente que la principal y casi única fuente de felicidad son las relaciones interpersonales, el comercio emocional con el amor, la familia y los amigos, desdeñando nuestros intereses, creencias y gustos solitarios e impersonales. Para mí es intensamente más esclarecedor y relevante lo que sucede en mi cabeza estando solo, incluso patológicamente aislado, que aquello, una mera Babel de Ruido u Odisea de Barullo, que me ocurre en compañía (donde siempre actúo algo exageradamente con la máscara -falsaria- de tipo irónico e ingenioso)
Me gusta estar muy solo, solo así soy yo verdaderamente, y, en la energía y bendición augusta de la soledad, mucho meditar, mucho contemplar los temas que me importan y obsesionan, y sentir cómo se modifican y agudizan las sensaciones, trabajar mentalmente en algunos poemas o incipientes y brumosas prosas, o en volanderas ideas indeterminadas, o habitar los poblados -densos, fosforescentes- recuerdos. Me gusta sentarme en el banco solitario de la plaza de mi aldea feudal (pasan a veces horas sin asomo de presencia humana) y ensimismarme y rumiar al compás o correr de la mente, y oír a los pájaros ducales, notar el ulular del viento como un dios benigno y cálido con su idioma celeste, asombrarme de la coloración granulada de la luz mientras oscurece lentamente.
Solitario crecen y se ramifican las ideas creativas, y solitario cada vez te conoces mejor (te afinas mejor) a ti mismo. Cuando estoy en la odiosa Barcelona o en la provinciana Orense -donde también tengo casas- voy yo solo a los restaurantes, al teatro, a los museos, a las librerías o cines o cafés. Flâneur altivo y meditabundo, me siento en un rincón y divago egregio como un noble medieval frente a su fuego en noches de invierno.
Uno de los rasgos de mi personalidad es que la ternura y el afecto que indefectiblemente necesito no soy capaz de asimilarlos, me producen malestar, tensión y carga espiritual. Me desequilibra sufrir compañía y consideración. Por eso desde los nueve años estoy muy solo, desacostumbradamente e increíblemente solo. A veces es duro (la estricta y compacta, carcelaria y esquizoide soledad, devora la felicidad y la dulzura algunas veces), pero no siempre lo es. A veces, confrontado y enfrentado a mi soledad, ayuno de amistades y amores, afloran epifanías gloriosas, momentos eureka, sentimientos de poder, invulnerabilidad y exquisito placer inenarrable, no susceptible de un trasunto en palabras. Sé que nado a contracorriente. Mi vida esteparia y eremita probablemente no sea un bien deseable.
Paso también horas arrellenado en la butaca de mi galería acristalada contemplando el valle y meditando en las musarañas o mirando árboles. Los ruidos de la casa (crujir de la madera, unos perros ladrando afuera, el golpear de la lluvia en los cristales, el tic-tac del reloj del comedor, el leve susurro de la calefacción en invierno, la respiración de mi perra) son como la savia que circula dentro de mí, y mi única querible melodía. Prácticamente nunca oigo la radio o enciendo el televisor. Las redes sociales me provocan -su uso excesivo- una orgía de culpabilidad alemana. Mi medio natural es andar enclaustrado en mi mente silenciosa, o muy solo deambular (sin interactuar) entre la populosa muchedumbre.
El bullicio del mundo me asquea como una rata mordiéndome la tráquea. Ser solitario es mi daimon y destino, mi santa unidad sagrada y rosácea. Lo admito: seguramente soy el más solitario de los hombres que han existido. Lo admito como patética confesión: solitario solo me daño a mí mismo y no a los demás.
***
Otros ejemplos de apologistas de la soledad:
«El águila vuela sola; el cuervo en bandadas. El necio tiene necesidad de compañía y el sabio de soledad», F. Rückert.
«El instinto social de los hombres no se basa en el amor a la sociedad, sino en el miedo a la soledad», Schopenhauer.
«Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda», Flaubert.
«La valía de un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar», Nietzsche.
«El hombre inteligente busca una vida tranquila, modesta, defendida de infortunios; y si es un espíritu muy superior, escogerá la soledad», Schopenhauer.
“La más feliz de todas las vidas es una soledad atareada», Voltaire.
«La soledad es el patrimonio de todas las almas extraordinarias», Schopenhauer.
«¿La suerte de todos los espíritus excelentes? La soledad», Schopenhauer.
«Si estás solo serás tuyo, y si estás acompañado por una sola persona serás medio tuyo», Leonardo da Vinci.
«Tengo necesidad de soledad, de retorno a mí mismo», Nietzsche.
«Quien no dispone de dos tercios del día para sí mismo es un esclavo», Nietzsche.
«La soledad ofrece al hombre colocado a gran altura intelectual una doble ventaja: estar consigo mismo y no estar con los demás», Schopenhauer.
«Sólo en soledad se siente sed de verdad», M. Zambrano.
«Soledad: un instante de plenitud», Montaigne.
«Latoso el que nos quita la soledad y nos da la compañía», B. Croce.
«Escribir es defender la soledad en la que vivo», M. Zambrano.
***
Con mi soledad yo nunca estoy solo. Acaso a nada y nadie se puede conocer, incluido uno mismo. En las fúnebres Navidades, si estás solo, no poco es el dolor. Pero pese a la intuición común es sagaz lo que en una carta Catalina de Siena escribía en el siglo XIV a su amiga Monna Alessa dei Saracini: “Hazte dos casas, hija mía. Una material, en tu celda, porque no andes corriendo de acá para allá a no ser por necesidad, o por obediencia a la priora o por mor de caridad; y otra espiritual, que habrás de llevar siempre contigo: la celda del verdadero conocimiento de ti misma, donde hallarás el conocimiento de la bondad divina”.
Y, como colofón, recordemos a Wordsworth: “Pues a menudo, aunque en mi sillón reposo / con ánimo ocioso y pensativo, / refulge en ese ojo interior / que es la felicidad del solitario, / un alma llena de gozo / que baila con los narcisos”.
