
(Solitudinis II)
«Me parece saludable estar sola la mayor parte del tiempo. Estar en compañía, incluso con los mejores, es pronto agotador y disipador. Me encanta estar sola. Nunca encontré una compañía tan agradable como la soledad y Dios», Hadewijch de Amberes: «Dios, amor y amante», Ediciones Paulinas, Madrid, 2004, pág.113
«Cuanto más poderosa y original sea una mente, más se inclinará hacia la religión de la soledad», Matilde de Hackeborn: «Libro de la gracia especial», Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2007, pág. 22
«Tengo que estar sola muy a menudo. Sería muy feliz si pasara desde el sábado por la noche hasta el lunes por la mañana sola en mi apartamento. Así repongo fuerzas», Audrey Hepburn, LIFE Magazine, 7 de diciembre, 1953.
«Ya había descubierto que no era bueno estar solo, pero las matemáticas proveían de casi todo el significado a mi vida, y por eso me hacían más compañía que todo lo que había a mi alrededor. Desde que bajaron el ritmo de mis descubrimientos y mis capacidades, mi única compañía fue el universo, mi propio yo insignificante, sin lógica ni topología, y los libros de los colegas», Saunders Mac Lane: «A Mathematical Autobiography», AK Peters, 2005, p. 320
«A partir de ese momento, el mundo fue suyo gracias a la lectura. Nunca volvería a sentirse sola, nunca echaría de menos la falta de amigos íntimos. Los libros se convirtieron en sus amigos y había uno para cada estado de ánimo. Había poesía para la compañía tranquila. Había aventuras cuando una se cansaba de las horas tranquilas. Había historias de amor cuando entró en la adolescencia. Cuando quería sentir la cercanía de alguien podía leer una biografía. Desde el día en que supo por primera vez que podía leer, hizo el voto de leer un libro al día mientras viviera», Betty Smith, «Mañana puede ser un gran día», Lumen, Barcelona, 2015, p. 20.
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En palabras de Walter Bessant:
«La verdad es que en nuestras ciudades vastas y superpobladas, el hombre es una rémora -algo superfluo- y creo que muchas mujeres y hombres se mueren del aplastante sentimiento que les produce su propia insignificancia; en otras palabras, a partir del hábito de sentir que no son nada, se convierten en nada…La raza ha crecido en poder y SOLEDAD; temo que ha perdido su atractivo».
Un verso del «Regimen sanitatis Salernitanum», del siglo XIII, dice así: «Hi vigilant studiis, nec mens est dedita somno», es decir, «[los hombres de estudio] pasan la noche estudiando, y su mente no se abandona al sueño».
No hay mayor melancolía imaginativa, ni menor castigo, que aquella del hombre fatigando volúmenes, aprendiendo entre libros a estar solo. Un estudioso, un lector omnívoro, omnímodo, en la acedía de este tiempo ignaro, frente la hipnosis bárbara de las pantallas, puede con orgullo decirse a sí mismo, si estudió y pensó en lo que estudiaba, si leyó y pensó en lo que leía: «NI ENVILECÍ NI MALGASTÉ MI VIDA».
Escribo notando la brillante tormenta entre las brumas del río. Extraviado entre las incipientes flores, me recuesto en una roca o «penedo». Qué cansado estoy de frases que no se posan elegantemente sobre el suelo y caminan con pie seguro. Necesito un lenguaje inocente y elemental como el que usan los niños. Mi barroquismo es una franja pavimentada junto al abismo. Respirar paz en lo que escribo; eso deseo. Frente a la propensión numerosa -vana y palabrera- del español, concisión y parquedad. Una idea por palabra, no cien palabras para una idea. Una lengua lúcida y lógica, algebraica, geométrica. Qué desvarío explayarse en cientos de páginas para algo que podría perfectamente exponerse en tres o cuatro párrafos.
La lengua española es tropical, ininterrumpida, a diferencia del clasicismo francés y el perfecto inglés (ideal molde al pensamiento) La lengua española se tuerce y retuerce como cuerpo de serpiente, gorgorea, gorjea, cascabelea, asorda, atolondra, marea, y acaba bifurcándose como cola de pez.
Llueve y truena. Recordémoslo: «El estudioso pasa la noche estudiando y no se abandona al sueño». Linajuda vida. Potro fino, joven, hermoso y elegante. Resplandor complacido, alto. Brújula o faro para el feliz camino. Es dificícil enseñar el gusto a leer porque es difícil enseñar el gusto de estar solo. Leer en soledad. Algo como no envilecer o malbaratar, como no tirar por la borda tu vida.
