Automoribundia 13

(Día de la madre)

Se oye un sollozo en las escaleras, tarde, por la noche, tal si se desplegaran filamentos infinitamente tenues de desdicha. El rocío en el seto, la lisa puesta de sol sobre un campo primaveral, el tic-tac del reloj en el comedor (las dos manecillas son caravanas que cruzan el desierto) Un llanto al fondo de la casa. La campana suelta su tantán, ladran perros a lo lejos, la piedra morada, el parpadeo de la Luna. Y en mitad de esa escena aparece mi madre: ojos de joyas de agua, vestido de piel de puntas de diamante en azul acerado barriendo las playas. Mamá tiene un aura de líneas rosáceas casi amarillas, un carácter bondadoso y paciente de bonsai, un tacto de espiga madura, una belleza que ocasiona un mareo dulcísimo. Soy yo quien llora “¿Qué te pasa hijo?”, “No me contaste el cuento”, “Ahora mismo. Vamos”. Y el mundo se hace grande, redondo, estupendo, con fresco y calor a la vez, con muchos olores buenísimos. Mis ansiedades se calman y me entrego a la dulzura de la noche de mamá en mi cuarto contándome el cuento. Sabía que una noche así no podría volver; que el deseo más fuerte para mí del mundo, tener a mi madre conmigo, acaso pugnaría alguna vez con otras necesidades y negaciones de la vida. Aquellas noches con ella leyéndome, pasaron a ser más que algo ficticio y excepcional. Fueron la vida, el sentido y la felicidad misma en la tierra. Una felicidad que no morirá mientras yo viva.

Deja un comentario