
Detrás de todas tus historias, siempre está la historia de tu madre, porque la suya es donde empieza la tuya. Mi madre era la mujer más hermosa que he visto nunca. Todo lo que soy se lo debo a ella. Atribuyo mis impensables éxitos (no caer de por vida en un sanatorio, mi creatividad literaria, la independencia) a su tesón, a la educación moral, intelectual y cultural que me dio.
Recuerdo una idea que repetía: «Los hijos sois cuchillos. No lo hacéis a propósito, pero cortáis. Y aún así nos aferramos a vosotros. Os agarramos hasta que la sangre fluye». Demasiada sangre fluyó de tu mano por mi culpa. Desde los átomos del cielo, escucha mis disculpas y advierte mi amor sin medida. La casa, el tiempo, los objetos, la comida, tienen ahora un irrenunciable sabor a recuerdo. Feliz día, mamá.
***
Cielo plomo-gris, pero persa, turquí, encerrando siembras de cobalto, hormigueante como tus ojos. Aunque sea un cúmulo de dolor, no odio la vida. Domingo cuatro de mayo, hidrología, oceanografía de pétalos cromáticos: azules, violetas, verdes, grises, rosados. La soledad me llega a lo más hondo. Llevo hecho todo aquello que podía hacer: intentar trabajar (no escribo nada decente), leer un poco, prepararme la comida. El aire, como un enrejado tamizando contraluces. La naturaleza es hermosa. Un extraño y mágico archivo la naturaleza. Todavía no se puede salir a la calle sin algo de abrigo. Casi un año sin ti.
