Automoribundia 17

La escala de colores; la escala de la cajita de perfumes. A roja, e verde, i amarilla, o violeta, u ocre. Reverberan en la placa de vidrio del cristal de la ventana de mi aposento como una luz inefable, religiosa y fosforescente. Las fajas de color, los rondeles, los cuadrados de verde, rojo, amarillo, negro, van pasando lentos, solos, despaciosos. Blancura refulgente de d, rosicler de oro de la s. Probaturas imposibles de intentar escribir sin percibir colores. De ahí mi estilo charro, artificioso, alambicado, recargado. Prosa embarazosa y accesoria de efectos, NO así una prosa rica de ideas y sensaciones.

Intento escribir y me queda todo como esos dibujos de personas con aspecto de renacuajos que hacen los niños, huevos con piernas en L y brazos que terminan en dientes de rastrillo. Porque, insisto, no me guio por conceptos ni por sensa-data exteriores, sino por tintes y pinturas: esto, con tipo chirriante naranja, lo otro, calidad subida de ciruela, lo de más allá, aflautada palta.

Mi español es una lengua de palabras beatas, papables, cardenales de plexiglás, acuarelas lentas y bonachonas y aldeanas, montones de vocales espesas, aes y oes abiertas igual a ondas vibrando en el espectro luminoso, hinchadas, íes y ees, qué letras bobas, arrastradas, verdadero beh de vaca. Acuarelas eunucoides, desprovistas de sentido del decoro, especie (pimienta, clavo, canela) de poca suculencia.

Nota bene: Hablo pastosamente, parezco un borracho, con cuádruples y quíntuples nasales, ramplón de recortada prosodia, despepite de émbolo dialéctico. Mi oralidad se nubla de negros y cortinillas deslustradas. Hablo zarrapastrosamente, comiéndome letras y trabucando fonemas. No sé ni hablar ni escribir.

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