
León X, hijo de Lorenzo el Magnífico, el primer Médicis en el Pontificado, tuvo una pequeña corte de literatos, hombres de ciencia y artistas; él mismo era poeta, músico, arqueólogo y filósofo, con varia cultura y con un ingenio versátil, sensible a toda forma o incitación de lo bello, pero acaso un diletante falto de profundidad. El siglo de León se llamó “áureo” gracias a su mecenismo. Promocionó y protegió a la Universidad, y por su empeño, empezó una nueva era la carrera de Rafael. Todos los poetas y humanistas debemos encomiar a este Papa mediceo.
Benedicto XIV reflexionó con superior inteligencia y extraordinaria erudición. «¡A lo mejor me reprobarán -escribió- el que haga una escapatoria por los poemas de Dante, Tasso o Ariosto; pero es que a menudo necesito recordarlos para tener una expresión más viva y mayor desenvoltura de pensamiento!”.
Docto, y amigo de los doctos, fue asimismo sombra benigna de los doctos. Iban a Roma a debatir y consultar con él los sabios de mayor nombre y fama de Europa. Deseaba obispos y clérigos, no solo piadosos y de costumbres ejemplares, sino también de vigorosa solidez intelectual. Monarca sin favoritos ni cortesanos -papa sin nepotismo-, y doctor sin orgullo -censor sin acrimonia. Voltaire, corifeo contra la religión, escribió un dístico a Benedicto XIV muy admirativo:
«Lambertinus hic est, Romae decus et pater orbis / Qui mundum scriptis docuit, virtutibus ornat”.
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Creo que el próximo Papa se alimentará de kebabs y donuts, se pintará los mofletes como una drag-queen e irá con playeras; se vestirá con tutús y tocará la guitarra durante la liturgia; y se pondrá AC/DC en los auriculares para dormir. Le encantará el fútbol, las pipas y los pistachos. Para la cristiandad no habrá otro mejor.
