Los mastines del odio 3

O me hacen Papa o hijo predilecto del ayuntamiento. Yo hubiera sido un Papa de «chinoiserie». Acostumbrado al traje, formas y ceremonial mandarinesco, a sus capas confucianas letradas. Mi cara aceitunada favorecería la caracterización. En lugar de la casulla, el palio y el roquete, una túnica de brocado azul oscuro, abrochada a un lado, con ricos bordados de dragones y flores de oro en la pechera; en lugar de la cruz pectoral y el anillo de pescador, una chupa de seda de un azul más claro, corta, amplia y suelta; los calzones de raso color avellana, babuchas bordeadas de perlas y la media sembrada de estrellitas negras.

Y sustituir la «ensalada caprese» o el «fetuccini alla puttanesca» o el «bucatini all’amatriciana», y también cualquier especie de «gelato», por ostras de Ning-Po, delicioso hilado de aleta de tiburón, ojos de carnero con picadillo de ajo, un plato de nenúfares en almíbar, y naranjas de Cantón o el arroz sacramental.

«Estar bien vestido da una sensación de tranquilidad interior que el psicoanálisis es incapaz de otorgar», Sebastian Horsley. Tengo mejor gusto que nadie, así que no me importa lo que piensen los demás sobre nada. Yo tengo razón y ellos están equivocados. Un Papa de chinería o nada.

Quiero, entre otras cosas, ser escritor, dandi, amante, excéntrico, sabio, virtuoso, buen tipo, hombre de honor, duro, derrochador, oportunista, «raisonneur»; ser muy rico, ser muy pobre, poseer mil amantes, estar en las mejores relaciones con todos los hombres, vengar salvajemente la afrenta más leve, vivir hasta los cien años lleno de vida y honor, morir joven y desconocido, pero reconocido al día siguiente como el genio más olvidado de la época. Quiero ser el primer Papa chino y esquizofrénico de la historia.

Deja un comentario