
Mi poblachón orensano es exiguo, indigente. Región incierta, desprovista del resplandor urbano, triste extensión de campos severos, incoloros, mejor, de solo verdes, una casa perdida aquí o allí, feísmo, muros frágiles, tejados de pizarra y casas frías y húmedas, guiñaposo viento, un seto alrededor de matorrales, montones de escombros en el borde de las canterías, chamizos de hojalata, molinos sin nada que moler, hórreos de pena, sobre cepas unas cañas partidas. Verdor innoble de huertas domésticas, cada generación más divididas (una vieja arrugada junto al lavadero)
Lo mate, lo pequeño, la soledad, el exterior ceñudo. Quiero hurgar en mi espíritu, y el interior es también seco, árido, mate, sardesco, pequeño. Cansado de remover cenizas sin llamas, arcilla sin oro, tanta espina sin rosa.
Abro un libro a la busca de ciencia y mi corazón se consuela. Reverdece con Johnson, los faralaes de Sterne, Fielding, la mandolina de la peluquería en Lorca, Villon, Montaigne, Kafka, el órfico Dante, el inexorable Tucídides, Petrarca, Voltaire, el periquito Valle-Inclán, el sentencioso Quevedo, Pushkin, Llull…jarrones y biombos y terciopelos bordados con pajuelas de oro, mamuts de placer sagrado.
Mi poblachón, rústicos guipures y mantecas opulentas, empopado a nieblas y nubes, reboños de lluvia, populacho jorco, tierra de orujo, vacadas, tocino y botijos, mi aldeúcha mata mi espíritu judaizante de glosa e ilustración. Tierra feraz que devora la ternura.
