
Del estilo de Azorín dijo María de Maeztu en su «Antología de prosistas españoles del siglo XX»: “su prosa clara, precisa y concisa, de frase corta y construcción directa, cae como una bomba en medio de la literatura finisecular, ampulosa, de falsa retórica”.
Lo tenía claro el gran Azorín. Su artículo “Derechamente a las cosas” terminaba como sigue: “De todos los defectos del estilo, el más ridículo es el que se llama hinchazón”.
Y, en «Un Pueblito. Riofrío de Ávila», leemos: «Colocad una cosa después de otra […] ¿No habéis observado que el defecto de un orador o de un escritor consiste en que coloca unas cosas dentro de otras, por medio de paréntesis, de apartados, de incisos y de consideraciones pasajeras e incidentales? Pues bien: lo contrario es colocar las cosas -ideas, sensaciones-, unas después de otras. «Las cosas deben colocarse –dice Bejarano– según el orden en que se piensan, y darles la debida extensión». Mas la dificultad está… en pensar bien».
Si lo dices claramente, significa que lo entiendes claramente. Al estilo oscuro le precede un pensamiento oscuro. Muy probablemente un escritor debe evitar la monotonía, el hermetismo, las incorrecciones gramaticales, las palabras alargadas, las redundancias y cacofonías, el uso incorrecto de los signos de puntuación, la nominalización (uso del sustantivo derivado del verbo), la omisión incorrecta del nombre, la omisión incorrecta del determinante, las frases innecesarias para la comprensión del texto (frases expletivas)… y tantísimas cosas más.
¿Estilo floreado? ¿Creatividad literaria? Desde luego, en cierta medida; pero nunca caer en un estilo ampuloso, rimbombante o llanamente disparatado. A mí me parece anti-literario el clásico escrito administrativo, jurídico, burocrático o de un vanguardismo irreflexivo y juvenil.
