
Sobre todo de joven (la medicación y la edad aplacaron el deseo), me asaltaba, de manera virulenta y vehemente, la concupiscencia, la lujuria me rajaba la piel, y, debido a mis nulas habilidades sociales, solventaba ese llamado salvaje de la belleza mediante el amor mercenario.
Casi sin exagerar recuerdo el sabor salobre a gaviota marina de cada uno de los senos amados, la yedra untada de cañas de los labios, los tostados cuerpos en abierto contraste con la sábana.
«La belleza es, en cierto modo, aburrida. Aunque su concepto cambie a través de los tiempos… un objeto bello debe seguir siempre ciertas reglas. Una nariz bella no debe ser ni demasiado larga ni demasiado corta, al contrario, una nariz fea, puede ser tan larga como la de Pinocho, o tan grande como la trompa de un elefante, o parecerse al pico de un águila, y así la fealdad es imprevisible, y ofrece un abanico infinito de posibilidades. La belleza es finita, la fealdad es infinita como Dios», Umberto Eco.
«La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Quien conserva la capacidad de ver la belleza nunca envejece», Kafka.
«No hay belleza exquisita… sin cierta extrañeza en la proporción», Edgar Allan Poe.
“Beauty in distress is much the most affecting beauty. Blushing has little less power; and modesty in general, which is a tacit allowance of imperfection, is itself considered as an amiable quality, and certainly heightens every other that is so”, Edmund Burke.
«La belleza es sólo superficial, pero lo feo llega limpio hasta los huesos», Dorothy Parker.
«Llorar es para mujeres sencillas. Las mujeres guapas van de compras», Oscar Wilde.
«¿Y si alguien llegara a ver la Belleza en sí, absoluta, pura, sin mezclas, no contaminada por la carne humana, ni por los colores, ni por ningún otro obstáculo de la mortalidad, si pudiera ver la Belleza divina en su alta forma? ¿Crees que sería una pobre vida para un ser humano mirar allí y contemplarla por lo que es, y vivir en ella? ¿O no has recordado que únicamente en esa vida, cuando mira a la Belleza de la única manera en que la Belleza puede ser vista, solo entonces le será posible dar a luz no a imágenes de virtud, sino a la misma virtud?», Platón.
«Elijo a mis amigos por su buen aspecto, a mis conocidos por su buen carácter y a mis enemigos por su buen intelecto», Oscar Wilde.
«No me importa que me impongan ser glamurosa y sexual. La belleza y la feminidad no tienen edad y no se pueden fingir, y el glamour, aunque a los fabricantes no les guste, no se puede fabricar. El glamour real no; se basa en la feminidad», Marilyn Monroe.
NOTA BENE: La bibliografía sobre estética es colosal. Lamentablemente los libros de estética suelen estar escritos nada estéticamente. Recomiendo, entre cientos de ellos, estos clásicos:
PLATÓN, «Fedro y Fedón», en Diálogos VI. Mª Á. Durán y F Lisi, eds. y trads., Gredos, Madrid, 1992. También, por supuesto, «El Banquete» y el «Filebo», bueno, en puridad, la OBRA COMPLETA de Platón (varias ediciones)
También, KANT, «Crítica del juicio», Tecnos, y HEGEL, Georg Wilhelm Friedrich, «Lecciones sobre estética». Hay dos versiones espaňolas muy aconsejables: la de Alfredo Brotons Muñoz, en un solo volumen, en Akal, Madrid, 1989; y la de Raúl Gabás, en Península, Barcelona, 1989.
Pero mi texto de estética favorito es: ADDISON, Joseph, «Los placeres de la imaginación». Tonia Raquejo, ed. y trad., «La balsa de la Medusa», Visor, Madrid, 1991.
Lean y toquen y palpen la Belleza, esa burbuja llena de estrellas de nieve, el claro donde dormir la eternidad, el cálido pensamiento encendido en los altares del alba, ese animal depredador de ojos felices, esa rosa sin porqué.
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«Termino “Los españoles en la literatura” de Menéndez Pidal. Queda clara la constante que señala la historia literaria española: realismo, sobriedad, moralismo, arte mayoritario. Que también podrían ser llamados: falta de imaginación, pobreza, estrechez, vulgaridad…», Gregorio Marañón.
¿Logró salir nuestra literatura de sus raíces baldías incrustadas en la tradición hampesca, cainita, o de la publicidad actual voceada por las industrias de la incultura? ¿De lo atolladeros tabernarios centrados en una prosa chica, funcionaria, rural, pedestre, aturullada, avillanada? ¿Crecer -no se tome en serio la pregunta- junto a la literatura española puede considerarse equivalente a nacer con una minusvalía, con una discapacidad lingüística?
La solución, a mi juicio, no es que si los los mocasines rojos y los zapatos luminosos, la modernidad, la droga y tal, que esto, que lo otro, que el yate, la última ola feminista, la regata Oxford-Cambridge, la serie Gazing Ball de Koons, el Devocionario Web o los insondables misterios tántricos y esotéricos. La solución es convencernos de que nuestros libros poco más se elevan y valen de los que escribiría un mamacallos de secundaria con acné.
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Intuyo, con una cereteza que no se deja vencer ni no persuadir, que se acerca mi final. Solo un mensaje en esta botella viajando en el océano helado de la nada: PERDÓN. Pido perdón a todo el mundo, jurando la sinceridad de esa petición de perdón sobre las cenizas de mi madre.
Perdonadme si he sido un monstruo.
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En ese mensaje en la botella lanzada al mar de la nada, deseo que figure una palabra verdadera, fuerte e inequívoca: GRACIAS. Al amor de mi madre y mi hermana, de mi familia en general, de mis perros, de aquellos contadísimos amigos que durante algún momento de mi vida contaron como algo propio, al amor y belleza de Marta («Laudare praestat benevolentiam, quam ingenium», Es mejor alabar la bondad que el genio), gratitud también a los libros (retirado en la inmóvil torre vigía de mi biblioteca, brilló una invisible luz de compañía numerosa), y gratitud a la vida en sí. Al mundo: coro, dragón y materia. Vivir es como sobrevolar barrancos gigantes, o darse una zambullida en el Helesponto. Algún día el polvo glacial cubrirá las obras insignes de los hombres. Y en estos momentos, bajo un limonero, una niña entierra llorando a su cocker de color miel. Pese a todo, acaso no sea del todo un mito la bondad y la necesidad de dar por ella gracias.
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Mis voces triturando un corazón de lavadora, pataleando acolchados versículos bíblicos en el cráneo. Traga el plasma astillado. Los azules nerviosos de la noche segando la mancha de las páginas. Calor de un fuego de gusanos pegado a las habitaciones. Una bola de hielo color rojo sangre en el delantal del carnicero equivocando mis ojos. Leche de rata soltada en el vello de mis muslos. Panzudas dentaduras de mariposa en mis impotentes labios de burdas tierras montañosas. Y las ideas crispadas como pulgas devorando la sábana, y un murciélago entrando por la ventana y que tapa mis oídos, y boñigas en polvo dentro de la boca. O el pellejo del pene súbitamente gangrenado. La locura. Quien la tiene lo sabe.
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Que mi mamá me leyera un cuento, el ajedrez con con mi padre, jugar con mis hermanas, la ternura blanca de mis abuelas, el quiosco como lugar idóneo donde adquirir tebeos, la perspicacia de Lois Lane, la fosforescencia de Flash Gordon, y Sandokán, y el Corsario Negro.
«Por cada minuto que estás enfadado pierdes sesenta segundos de felicidad», Emerson.
«Es tan difícil olvidar el dolor, pero es aún más difícil recordar la dulzura. No tenemos ninguna cicatriz que mostrar de la felicidad. Aprendemos tan poco de la alegría», Sarah Kofman.
«Cada hombre tiene sus penas secretas que el mundo no conoce; y a menudo llamamos frío a un hombre cuando solo está triste», Longfellow.
«If more of us valued food and cheer and song above hoarded gold, it would be a merrier world”, Tolkien.
«La felicidad es un cachorro calentito», Charles M. Schulz.
«Seamos agradecidos con las personas que nos hacen felices; son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestras almas», Proust.
«Sentí que mis pulmones se inflaban con la irrupción del paisaje: aire, montañas, árboles, gente. Pensé: «Esto es ser feliz»», Sylvia Plath.
El intrépido Emilio de Roccanera, señor de Ventimiglia, terror de los mares del Caribe, ha jurado vengarse de quienes mataron a sus hermanos, el Corsario Rojo y el Corsario Verde. Y el mar, el mar: «El mar del Caribe mugía furiosamente, en plena tempestad, arrojando verdaderas montañas de agua contra los muelles de Puerto Limón y las playas de Nicaragua y Costa Rica. El sol aún no se había puesto, pero ya empezaban a descender las tinieblas, como impacientes por ocultar la encarnizada lucha de cielo y tierra (…)».
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La vergüenza por el recuerdo de mi propia locura, o por el remordimiento del horror ante mi propia desgracia, no dispone mi mente hacia la tranquilidad y la alegría.
Las 3:50 de la mañana. Me cuesta escribir. Carezco de orden mental. Cafés colosales en grandes estaciones de tren europeas. Apunto en mi cuaderno (vano deseo): «Bon pour deux baisers, le 12 juillet de 2025».
La vida sosa. Ah una vida de champagne: elegante, refinada, «mondaine», exquisita, y alegre, y ruidosa, y brillante, y petulante, y artificial. Una botella de champagne viene a ser una cosa como la «La valse brune», como las palabras de la «Historia romana» de Veleyo Patérculo, como la poesía de Góngora, como una fiesta en el palacio del Buen Retiro, como una ilustración de Quint Buchholz. Una copa de champagne contra la vida desangelada.
Las 4:10 de la mañana ¿Pude, siquiera durante un rato, durante uno o dos minutos, saborear la profunda felicidad? La vida es un infierno indecible. Pero existe el amor, el arte, la paz o la belleza. Recorro las salinas siberianas de la existencia. Y, por desgracia, la felicidad está ahí ¿Existe la posibilidad de que otro corazón se acerque al mío? Estoy enfermo y no puedo evitar mantener esa rara fe. A veces no me siento tan miserable como la prudencia debiera aconsejarme.
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«Es necesario frenar el poder del gobierno. Esta es la tarea de todas las constituciones, cartas de derechos y leyes. Este es el sentido de todas las luchas que los hombres han librado por la libertad», y nos recuerda también von Mises, reflexionando sobre las relaciones entre libertad y periodismo, que para crear y sostener una sociedad libre, una prensa libre es un componente crucial, una condición necesaria para la constitución de esa libertad. Creía asimismo que los periodistas deben ser independientes y valientes en su búsqueda de la verdad, y estar dispuestos a DESAFIAR a quienes están en el poder, sin importar las consecuencias.
Una prensa libre e independiente es esencial para informar al público, responsabilizar a los líderes, a los ciudadanos, y prevenir el abuso de poder. Aunque esa prensa sea una mosca cojonera, aunque esa prensa no tenga unos modos cardenalicios que, en realidad, en el fondo, esa forma y fondo sean solo un subterfugio de la censura y el bozal, o la mera tergiversación.
«Una prensa libre puede, por supuesto, ser buena y mala, pero, sin duda, sin libertad, la prensa nunca será más que mala» Esta cita a menudo se atribuye a Albert Camus, pero refleja las propias ideas del gran Raymond Aron. Recordemos estas obviedades y batallemos por ellos.
En «El fracaso de la cultura», Revel sintetizaba de este modo su autopsia: «La gran desgracia del siglo XX es haber sido aquel en el que el ideal de la libertad fue puesto al servicio de la tiranía, el ideal de la igualdad al servicio de los privilegios y todas las aspiraciones, todas las fuerzas sociales reunidas originalmente bajo el vocablo de “izquierda”, embridadas al servicio del empobrecimiento y la servidumbre. Esta inmensa impostura ha falsificado todo el siglo, en parte por culpa de sus más grandes intelectuales. Ella ha corrompido hasta en sus menores detalles el lenguaje y la acción política, invertido el sentido de la moral y entronizado la mentira al servicio del pensamiento».
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«Decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores, y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo», Agustín de Hipona (354-430)
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