Je ne regrette rien 11

Hubo un tiempo (todavía lo es) en que las palabras fueron el único lugar donde podía encontrar consuelo. Cuando mis padres, tutores o mis médicos levantaron las manos frustrados o cansados, la biblioteca me enseñó matemáticas, química, historia militar, astronomía, arte… Cada una de sus columnas, de sus filas, de sus anaqueles, era una puerta abierta que me susurraba: «Pasa, pasa. Aquí está la tierra no explorada. Las aventuras y el conocimiento. La fuente Castalia. Aquí hay un lugar donde esconderte cuando estás asustado, donde jugar cuando estás aburrido, donde descansar cuando el mundo es cruel».

Fui ese niño y adolescente que, abandonadas definitivamente las matemáticas, me acurrucada en un rincón de la biblioteca durante horas, tratando de encontrar lo que más me gustaba de Delibes, de Torrente Ballester y Elena Quiroga, subrayando frases y párrafos de Cela o Salisachs, imitando con mis poemas a los poetas amados (Bécquer, Neruda, Martí i Pol…) Los libros se convirtieron en mis amantes, en los enemigos de las horas desapacibles, en las branquias por donde podía tomar aire y salvarme.

La locura aflora, los recuerdos me entristecen, la vida se erguió y ahoga subir por ella. Y no puedo luchar contra el contenido de mis pensamientos. Solo me distrae leer un libro, u hojearlo, o acariciarlo ¡Los libros ocupan el lugar de los hombres y la ternura, liman las aristas de la soledad! Dejo de estar en la cuneta y puedo mirar un poco a las estrellas. Como la vida me falló, confieso que los libros la nutrieron, guiaron, consolaron y sustituyeron.

Sí, sé que es una pobre perspectiva, una perspectiva (aparente) de vértigo hacia la muerte. Acaso el mismo gusano que deforme a mis libros me deformará a mí, acaso me alimenté con un pan propio de alimañas. Pero la lectura fue propósito y mi total significado aquí abajo. Más incluso que escribir. Mi biblioteca fue el premio en la lotería de la existencia. Gané casi lo mejor.

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