Je ne regrette rien 14

Copia de carta de Don Cristóbal Sáinz Gómez, escrita en Orense, a 6 de julio de 1625, al Doctor Juan de Salastrugue.

Sobre las cosas prodigiosas que se han visto en la cuevas de la Roboyra Sacra, habiéndome dado noticia que en una montaña que hay ribera del río Sil, camino de Os Peares, a mano izquierda, llamada Das Queixas, pasado un embalse que se llama O Peto, hay una cueva prodigiosa, obrada por la naturaleza, en salir de mi casa, acompañado de Lorenza Adaguasca, a demanda suya; y, llegado al lugar de Luñares, tomé guías y todo el aparato necesario, y el día siguiente, dos horas después de haber amanecido, después de varios lances, con grandes dificultades se halló la boca de dicha cueva, que será de menos de tres palmos y luego se va dilatando una quiebra de modo que da lugar a andar casi en pie con alguna pena hasta doce pasos, y, pasado esto, se dilata y ensancha de modo que parece otro mundo, pero adentro es toda esta prodigiosa cueva de una piedra como de cristal o agua helada. Hay en ella montañas altísimas, barrancos y despeñaderos estupendos y todo lleno de columnas, estatuas, promontorios grandes y pequeños; el techo en algunas partes es tan alto, que se pierde de vista, y todo él colgado de varias monstruosidades, hay fuentes de excelente agua, puestos donde respira aire fresquísimo. Llevábamos por guía en este laberinto de naturaleza tres libras de cordel muy delgado, dos hachas blancas y otras ocho o diez luces de estadales y teas; llegamos hasta donde bastó el cordel, pero no donde deseábamos, que el riesgo no permitió alargarnos cosa considerable de adonde se acabó, si bien la joven Adaguasca pasó más adelante y una de las guías tanto, que casi no los oíamos. Yo paré en un puesto que jamás acabara de admirar lo que vi, no con la imaginación, sino con los ojos del cuerpo: uno de los edificios que el mundo puso en el número de las siete maravillas; vi el faro fornido de cristal con toda la perfeción que se puede imaginar. Va señalado aquí en la margen, para que V.M. admire este milagro de la naturaleza depositado en las entrañas de la tierra. Las vueltas que se cuentan son siete, que lo prevengo por si al debujarse no me salieren tantas. Sacamos de adentro varias invenciones del agua helada o cristal, [y] entre otras piezas una que pesaba más de seis arrobas; y anoche despaché un hombre y acémila para traerla a mi casa, donde podrá V.M. gozarla. Estimaré, por no duplicar este borrón y mala prosa, que después de haberla comunicado V.M. a los amigos, le remita a Juan de Salastrugue. Dios guarde a V.M., cuya mano beso. Orense, a 6 de julio, 1625. De V.M., Don Cristóbal Sáinz Gómez.

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