
Romero Murube se define en una «autosemblanza»: “Nací en Villafranca y Los Palacios, el día 18 de julio de 1904. Niñez campesina y lugareña; en tiempo de mis abuelos tuvimos cortijos, fincas y dehesas… Todo esto se perdió como Cuba y las islas Filipinas. Correspondo al grupo literario “Mediodía”. He publicado varios libros: el que más me gusta, “José María Izquierdo y Sevilla”. Es el que menos se ha vendido. Mi mayor orgullo sería hacer un libro definitivo sobre Sevilla… He de ir a eso –a mi libro sobre la Sevilla difícil– y en eso trabajo, dudo, sufro, sueño, fracaso y me divierto”. Romero Murube fue un sápido coleccionista de libros.
Y Christiaan Justus Enschedé, bibliófilo y jurista, nos señaló: «Los cinco sentidos son los agujeros de la cueva en que vivimos. Al examinar un libro debemos usarlo todos, además de uno sexto, sutil, minucioso e inefable».
Asimismo Convers Francis (y disculpen la moderada, acaso ineducada, erudición), en «Dissertatio, qua de vitae termino, utrum fixus sit, an mobilis, disquiritur ex Arabum et Persarum scriptis», nos advierte contra los altos nobles y príncipes de Europa, y contra el peligro de acumular libros en demasía, dándonos ejemplos de monjes que robaron libros de bibliotecas monásticas o cayeron víctimas de la locura libresca.
Como coda a esta nota, recomendar: Bernhard Bischoff. «Latin Palaeography: Antiquity and the Middle Ages», Cambridge University Press 2003, donde Mr. Bischoff nos confiesa: «Estoy absolutamente seguro de que tengo una bibliomanía irrecuperable […] Ya a mis padres les disgustaba profundamente. No tengo ni idea de cómo ser menos bibliomaniático. Una vez que me sumerjo en un libro (metafóricamente, no literalmente), tardo horas en volver al mundo «real». Y es mi mayor debilidad: vivo en una especie de mundo ficticio, dentro de mi mente. Nunca advierto lo que pasa a mi alrededor cuando estoy leyendo (y rara vez, cuando no) […] Mi mente funciona a un ritmo frenético cuando estoy despierto, y tengo una imaginación bastante viva y una curiosidad inquisitiva por muchas cosas. Para mí, los libros emocionan, excitan y alimentan mi cerebro y mi espíritu. Estudiar su historia resultaba un fin inevitable. También soy una lector exigente, apasionado por ciertos géneros y alejado de otros que no despiertan nada mi interés […] El libro que el lector tiene entre sus manos pertenece al género académico. Pero, su remoto origen, no lo duden, es aquel niño solitario de Altendorf emparedado en la biblioteca del pueblo».
