Je ne regrette rien 20

Ya editoriales abertzales en los años 80 desvelaron la irrefrenable propensión al ladrocinio o ladronería del «campechano», un atalaya amigo de acechonas, culiolas y quadrantarias, y muy poco (nada, vaya) de logaritmos neperianos o filologías latinas.

P.D. En Germanía, la palabra «atalaya» tiene dos significados principales: «ladrón» y, en algunos casos, «torre» o lugar elevado desde donde se vigila. La primera acepción, «ladrón», es la más extendida y documentada.

Meretriz viene del verbo «mereor», que significa ‘merecer’, o sea alguien ‘que se lo ha trabajado y se lo merece’, de ahí que muchos aseguremos que una vez que se conoce el significado profundo del término la palabra se pronuncia con exquisito respeto.

En latín, puta también se decía puta —como se dice igual o muy parecido en italiano, francés, rumano y todas las lenguas que proceden de la misma raíz—, «culiola» si ofrecía el ano o «culeaba bien» y «quadrantaria» por ser barata y alquilarse por ‘la cuarta parte’.

«Culiola» hace referencia también a una persona tonta, estúpida. Es una palabra despectiva que se usa para referirse a alguien que es fácilmente engañado o que muestra poca inteligencia.

En germanía, igualmente, la palabra «quadrantaria» señala a alguien que tiene una habilidad especial para el fraude o la trampa, especialmente en el mundo de las apuestas, el robo o cualquier tipo de actividad ilícita.

La polisemia de «culiola» y «quadrantaria» viene peripintada para el Emérito.

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Ser gay es una normalidad más. “Hope will never be silent”, Harvey Milk, «La esperanza nunca callará». Viva la bandera arco iris, independientemente del hecho eventual de su apropiación por parte de ciertas siglas políticas.

Como dijo Giulio Racah en el prólogo a su artículo de junio de 1959 «Irreducible tensorial sets»: «No creo, queridos académicos, que tengan ustedes derecho (y disculpen si les ofendo) a darme órdenes por el mero hecho de no ser judíos como yo, o por haber visto más mundo que yo; su pretensión de superioridad depende del uso que hayan hecho de su tiempo y experiencia, en resumidas cuentas, de su libertad. Y yo siempre me sentí tremendamente libre».

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–¿El papel de intelectual está ya en declive definitivo Sr. Sanz?

–¿Intelectual? Color oscuro, angustioso, color de la melancolía. Frescobaldi, «La foga di quell´arco», 5-7: «Per che di fuor la mia labbia coperse / d´oscura qualità, sì che´l dolore / si mostra ben quant´è, nel mi´ colore» (Ver también Cino da Pastoia o al gran Cavalcanti)

Permítame una confesión personal: la lectura es mi pasión y mi vía de escape desde que tenía 4 años. Lo conocido es finito, lo desconocido infinito; intelectualmente nos encontramos en un islote en medio de un océano infinito de inexplicabilidad, de ininteligibilidad. Nuestra tarea en cada generación es reclamar un poco más de tierra, añadir algo a la extensión y la solidez de nuestras posesiones. Añadir o estudiar lo añadido. Incluso un somero vistazo a la historia de la biología durante el último siglo y medio es suficiente para justificar la afirmación de que el instrumento más potente para la extensión del reino del conocimiento natural que ha llegado a manos de los hombres, desde la publicación de los «Principia» de Newton, la teoría de la relatividad y la teoría cuántica, es el «Origen de las Especies» de Darwin y el descubrimento de la estructura del ADN.

Meditemos -y cambio la línea argumental- en este exabrupto de Céline: «No nos sirven los intelectuales en este país. Lo que necesitamos son chimpancés. Muchos locuaces chimpancés. Déjenme darles un consejo: nunca nos digan una palabra sobre ser inteligentes, o lo que significa ser lúcido e inteligente. Pensarán por ustedes, señoras y señores. No lo olviden».

Respecto a su pregunta (disculpe los incisos), absolutamente, el papel del intelectual está en absoluto, total, terminante y definitivo declive. Aparecen algunos pseudointelectuales, chisgarabís, duchos para manejarse y exhibirse en los media, que se echan incienso a sí mismos con un incensario más grande que el de Santiago de Compostela, pero eso no acaba (ciertamente) de definir a un intelectual.

A mi juicio, es intelectual el sabio que posee, además de sabiduría, una ya (rara) forma de caridad, o de piedad, hacia sus conciudadanos; y esto es ahora algo muy infrecuente. Piedad o compasión, llámelo como quiera. Por lo demás, hay que reconocer que la figura del intelectual ha perdido el prestigio que había poseído hasta los tiempos de Sartre o de Camus en Francia, o de Bertrand Russell, Hannah Arendt o Isaiah Berlin en el mundo anglosajón. Ahora no pintan, socialmente hablando, nada. Si a un conocedor de la historia intelectual de España le pidieran que nombrara a intelectuales de peso del siglo XX, no vacilaría en nombrar, por lo menos, a Unamuno y a Ortega y Gasset, y quizás a Eugenio d’Ors. Si hoy se hiciera una encuesta semejante, el resultado desembocaría en el «no sabe, no contesta», o arrojaría una nómina de profesionales de la literatura o el ensayo o la tertulia, de unos advenedizos, de esos que han crecido mucho, pero desaparecerán como la espuma.

Los intelectuales son hebilluelas sin cinturón donde agarrarse; además no existe ya ningún cauterio para convertir el tejido analfabeto cultural enfermo en una postilla. No se ve casi nadie inteligenciado, instruido, o enterado. Dudo que existan más de cincuenta personas en España que sepan quién es Stephanus Byzantynus, Julius Pollux, o Francesco Ballarini. Dudo que existan más de mil personas que sepan quién fue Escoto Eriúgena. El panorama es entre apocalíptico y desolador.

–¿A qué se dedicará ahora? ¿Su desencanto es horaciano?

–Siempre he hecho una vida enormemente discreta, secreta y oculta. Viví oculto. En mi vida no he hecho otra cosa que leer, estudiar, conversar y, de joven, reír, llorar y amar. O sea que las cosas no van a cambiar mucho. Voy a regalar mi biblioteca de 30.000 volúmenes, mi discoteca y mi pinacoteca, a la diócesis de Orense; fuimos ya al Notario. Amo igualmente la tarea u oficio de escribir, y me siento muy a gusto en mi despacho devanándome las meninges a la busca de un giro, una cita, un tropo o un ritmo, pero es humillante y penoso el número de mis lectores, por lo que, con probabilidad, y aunque mucha sea la vocación, dejaré de escribir. Quiero ver crecer a mi sobrinilla, y, si no es posible, quiero esperar, sobre todo con un libro entre las manos, esperar a la muerte dulcemente.

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