
La muerte, el cambio definitivo. Acabamiento, apagamiento, aniquilación, declive, nada, cero, consumación, cesación; caídas plumas de un grotesco pajarillo, túnel de niebla color plata mellada y oscura. La verdad, para vivir tiempos así. Viví breve y parcialmente, ¿estoy preparado para morir en cualquier momento? Pero, para soportar estos tiempos… ¡Ya estar aquí no me importa! ¡Quiero salir! Ya tuve y vi suficiente. Quiero que todo se acabe, nada me importa ¡Para aguantar esta época! «No temo a la muerte. Llevaba muerto miles y miles de millones de años antes de nacer, y no había sufrido el menor inconveniente por ello», Mark Twain.
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En este cementerio está enterrado
el relojero, escritor y matemático de Orense,
provincia lluviosa del reino de España,
Christian Sanz Gómez,
nacido el 27 de diciembre de 1971 en Barcelona,
fallecido el 14 de noviembre de 2025 en Nogueira,
aldea en una falda de los cañones del Sil,
ingenioso diseñador de instrumentos de medida
y globos celestes, constructor de los
ingenios más precisos del siglo XXI,
inventor de logaritmos,
descifrador de logogrifos,
amante de la Luna y su geometría,
autor de cinco libros de ceceante prosa,
falso rimador de un centón de poemas.
Midió los cielos. Ahora mide las sombras.
Creyó que debemos saber. Ahora sabe.
Caminante, alégrate por él:
por fin deja de ser cada vez más estúpido.
