
Viví una vida vicariante. La fuente de mi literatura fue la literatura, la bibliografía, no la vida. Detesto a Hemingway, y a su estirpe.
En «Al revés» («À rebours») de Joris-Karl Huysmans, un tipo descubre un día el inmenso sopor que se esconde detrás de la alegría absurda de toda jarana y decide abandonar su festiva ciudad. Dejarla tiene su mérito, porque vive en el mejor París de todos los tiempos, en el París de finales del siglo XIX, capital en aquellos días del arte y del universo supuestamente más civilizado.
En busca de una vida más intensa, Des Esseintes decide abandonar su Faubourg Saint-Germain (es decir, el mundo) y recluirse en las afueras de la ciudad, en una mansión de Fontenay-aux-Roses, que decora de acuerdo con sus gustos excéntricos y que convierte en un sitio en el que se dedica a explorar toda clase de manifestaciones artísticas (muy especialmente libros, cuadros y perfumes), hasta que algo no previsto clausura su paraíso artificial.
Des Esseintes es una máscara de Huysmans (y mía) Beatriz Trabarais: «Des Esseintes era simplemente el Mister Hyde del futuro trapense Huysmans, del que sólo podía librarse para salvarse como escritor, y quizá como hombre, expulsándolo fuera de sí mediante la escritura y reconociendo de este modo la presencia fantasmal de su doble». Yo me he saturado de vida española. ¿Vivir? Que vivan mis criados.
Busquen en mí a un descendiente de Mario Rosa de Luna, amante de la astronomía, teosofista confeso y discípulo de la enigmática (y estafadora) Madame Blavatsky o bien del granadino Isaac Muñoz, orientalista y refinado decadente. Vean en mí la figura legendaria del «judío errante»: «En un fulgurar centelleante, vime otra vez, solo en la tierra, maldito de Dios, rota mi imperativa juventud oriental, peregrino eterno de todos los caminos». La soledad fue mi Sucá.
