
Hace un tiempo frío de julio, pero a pesar del frío de la atardecida, vago por mi mente hueca durante casi tres horas. Acuerdo romper todo vínculo con los hombres; esos espantapájaros deformes y simiescos.
En esta vida, mi pena fue pena larga y voluminosa; como tarado genético la naturaleza, lo admito sin estoicismo, me aplastó bajo su peso. Permítanme una confesión: no puedo más. No supero los hábitos infernales, los tormentos infernales, la terrible ansiedad, las voces, los delirios, quiero prenderle fuego a lo sagrado de la vida: deseo matarme.
Huele a seco en la aldea. Un olor nauseabundo, a sudor sólido de rata. No es como el olor de los viejos campesinos que se arrodillan en la parte de atrás de la capilla durante la misa de domingo. Ese es un olor de aire, lluvia, turba y pana. Son campesinos sanos. Es un un olor a huevo pasado, a olla mugrienta, a sangre hirviendo, a absceso y alcohol y manchas de pus.
El dolor ama amar al dolor. El enfermo puede llegar a amar sus productos químicos cerebrales, los que te dejan el ánimo como caca de elefante, embadurnado de mierda.
Siempre te encuentras contigo mismo. Esquizofrenia el nombre.
La maldición de ser yo, de no ser cualquiera muerto en lugar de ser yo vivo.
