Je ne regrette rien 47

¿Por qué escribo? Necesito escribir como el bebé mama. No es una actividad coyuntural y secundaria, es un lujo necesario, inevitable, en primerísimo plano.

Un lujo. Al escribir, más allá del pobre resultado, siento la materia sólida de los palacios, la hierba húmeda secándose, casi es como la costumbre de levantarse e ir a la orilla del mar, de dar unos pasos sobre el césped estriado de luces. Escribo canturreando con avidez obras de Rostand. Soy un marqués, oigo una especie de suite para flauta, soy rey, barón, árbitro general de la distinción al que el mundo recurre por su probidad, capacidad y dulzura de maneras (insisto, resultados aparte)

Al escribir me siento dentro de mi infancia de niño rico, fuera de mi actual grosera locura y disipación. La escritura es como un objeto tubular y transparante, parecido a una ascidia. La escritura es una tierra «azul», una turbera. Un albergue rosa-caramelo y verde-pisang.

Me gusta la idea o propuesta conservadora de restaurar la cultura salvando las antiguas separaciones de clase, lejos de la contemporánea, nociva cultura democrática, sin clases ni jerarquía. Hoy el lenguaje está en manos de los Dueños y Señores del Kitsch. Escribo también para alcanzar ese lujo cultural. Para degustar ese marmoleado distintivo de la carne de wagyu. Escribo, en definitiva, para calzar, para poner una cuña contra nuestra embarazosa mediocridad.

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