Je ne regrette rien 50

Collares de vidrio, cristal o plástico. Set de loncheras. Tela de forro de rayón. Bacaladillas o sardinas escabechadas. Objetos con propiedades estéticas de escaso valor. El lenguaje, también, al usarse o escribirse, puede deslumbrar como un traje Westmancott o afligir como una camiseta de algodón de Zara.

Mi principal defecto como escritor es la falta de espontaneidad; me invade la molestia de los pensamientos paralelos, de lo segundos pensamientos o incisos, de los terceros pensamientos o incisos a los incisos; y la incapacidad de expresarme apropiadamente en español a menos que componga cada maldita frase en mi mente, en mi despacho, mientras paseo, mientras me asola una sierva quietud meditativa.

Pienso a ráfagas, en deshilachados relámpagos lógicos, en imágenes coloreadas. No creo que la gente piense solo en ramilletes de palabras neutras. Pienso en imágenes como intuiciones sensibles, veo el oleaje rumoroso de espumas y brillos de las ondas cruzando mi cerebro. Casi, casi, eso es casi todo.

El lenguaje se conforma como varias lentes que permiten reflexión y refracción, y logra descomponerse feliz en colores primarios; un instrumento óptico susceptible de hechizo, encanto, magia o razzias de embrujamiento (el insondable misterio de la belleza) Honrémoslo.

Necesito un poco de lenguaje como el que usan los amantes, los cantantes, los solitarios, sílabas balbucidas como las que dicen los niños cuando entran en la habitación y encuentran a mamá cosiendo y recogen un retal de lana brillante, o se encuentran a su hermana cocinando y prueban palabras-hortaliza, palabras-mandarina, palabras-roast beef. Al escribir necesito un aullido; un grito; una llamada; la palabra viva, incandescente. Cuando la tormenta cruza el bosque y me azota y yo yazgo en lo oscuro sin que nadie me preste atención, entonces no necesito palabras. Cuando cesa la locura, y se apagan las voces turbias, necesito entonces las resonancias, los suaves ecos de hermosura y oro que tintinean, que enervan la red de nervios para sanar, y angustian el pecho para medicar. Necesito música salvaje, frases sioux, sentirme vivo cazando búfalos en las praderas. Indios bonachones. El lenguaje no es un vulgarzote país periodístico. Un lenguaje debe serpentear por el pavimento, por las láminas del aire, y, de repente, encresparse, alzarse, atropellarse, colorearse. El lenguaje es un contrapunto al olvido.

Pero, por mucho que rebusque o me esfuerce, letras y frases me fallan. No logro que mi impresión tenga un exacto y perfecto trasunto en la expresión. Mi estilo es pegajosamente torpe, un remoto sueño.

Las palabras no son inofensivas. Hay entre ellas enlaces necesarios, conexiones suficientes y transiciones permitidas o prohibidas. Un tapizado rosa creando hilos que dibujan o abrogan. Las vocales cortan o unen con precisión tortuosa; cada párrafo es un continente, un universo, un bloque que solo admite determinadas leyes de movimiento y no permite otras. El significado, diverso, se trocea y se diversifica. El significado, además, alude a los engranajes de nuestra civilización.

Disculpen. En esta nota, en su fluir extrañamente ciego, alelado, deliré con valentía, discurrí con perplejidad (la pasión provocó confusión) Solo quería consignar que deshonra su oficio de escritor, aquel que trata el idioma igual a una baratija populachera, sin seriedad. Solo somos un río diamantino, plateado, de memoria y palabras.

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