
Inmerso en la soledad, sueño o bien leo hasta altas horas de la noche. Con la contemplación prolongada de los mismos pensamientos, mi mente se agudiza, y mis ideas vagas y sin desarrollar cobran forma.
Recorro Europa en busca de manuscritos, cartas, autógrafos, incunables, y otros tipos de libros raros. Adoro percalinas o tarlatanas (trozos de telas que se pegan entre las cabezadas, para favorecer así la unión a las tapas) Y sigo admirado ante la belleza del guadamecil, ese que utiliza piel de carnero, más delicada y suave que la de cabra, sobre la que se estampan, labran o repujan los policromados, dorados o estofados.
Vivo dentro de mí mismo, dentro de mi biblioteca, nutrido de mi propia verbosa sustancia, como una criatura aletargada que hiberna en cuevas. La soledad actuó sobre mi cerebro como un narcótico. La confusa, abigarrada mezcla de meditaciones sobre arte, ciencia, lógica, matemáticas y literatura a la que me he entregado desde mi aislamiento, intentan rescatar la Grandeza, y tirar por el sumidero de la historia y la irrelevancia, la serie de nimiedades absurdas y episodios aburridos de la sociedad.
***
«Seamos razonables y añadamos un octavo día a la semana dedicado exclusivamente a la lectura», Françoise Aron Ulam.
“Estoy eternamente agradecido de mi habilidad para encontrar en los grandes libros, algunos de ellos bastante divertidos, razones suficientes para sentirme honrado por estar vivo, sin importar lo que esté sucediendo”, Marek Karpinski.
“La ficción es como una telaraña, sujeta quizás muy levemente, pero aun así unida a la vida por los cuatro costados”, Virginia Woolf.
“Porque cuando leo, en realidad no leo; me meto una frase bonita en la boca y la chupo como si fuera un caramelito, o la bebo a sorbos como si fuera un licor hasta que el pensamiento se disuelve en mí como el alcohol, impregnando mi cerebro y mi corazón y recorriendo las venas hasta la raíz de cada vaso sanguíneo”, Bohumil Hrabal.
“Mi vida es una lista de lecturas», Aleix Leví Carballo.
