
Con veinte años me impuse cuatro propósitos:
(i) No ser arrastrado por opiniones y estimaciones vulgares.
(ii) Poder valorar placeres y ocupaciones de naturaleza epiritual.
(iii) No exponerme a los peligros de la ociosidad, encontrando tareas altas y nobles.
(iv) Saber lo que es y acercarme a la dignidad intelectual.
Treinta años después, con desmedido orgullo, debo afirmar que, en líneas generales, esos fines no los traicioné y se cumplieron.
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Dicen que unas de las artes de madurez es la aceptación. Más o menos, estoy contento con el tipo en que me he convertido (desde el punto de vista moral), y satisfecho con la elaboración de mi yo intelectual a lo largo de décadas (aunque, tras miles y miles de horas estudiando advierto que no sé prácticamente nada, o sin el «prácticamente», y me agobia el síndrome del impostor)
No es fácil ser Christian Sanz. Pero, acaso, no soy un completo y deleznable gilipollas.
