
Soy un escritor (si lo soy) sin fama ni reconocimiento. Joan Didion: «Solo sabía lo que no era, y me llevó años descubrir lo que sí era. Que era escritor. Con esto me refiero, no a un «buen» escritor ni a un «mal» escritor, sino simplemente a un escritor, una persona cuyas horas más absortas y apasionadas las pasa ordenando palabras en trozos de papel. Si mis credenciales hubieran estado en regla, nunca me habría convertido en escritor. Si hubiera tenido la suerte de tener un acceso, aunque fuera limitado, a mi propia mente, no habría tenido sentido escribir. Escribo únicamente para descubrir qué pienso, qué miro, qué veo y qué significa. Qué quiero y qué temo».
Yo escribo para desobedecerme a mí mismo, para despertar de esa aletargada vileza que es hoy en día ser yo mismo, para purgar la soledad y desidia de una vida tan triste como pobre en experiencias, para contarme una historia a mí mismo sobre mí mismo, desde la mejor perspectiva de mí mismo. No escribo sobre abejas, árboles, playas y hojas, no escribo sobre ciudades, drogas o neones. Escribo para recuperar mi infancia, para restaurar el orden de mi infancia (una infancia, bien lo sé, más imaginaria que real, barroca y numerosa)
El subsuelo de cada una de mis frases es un abrazo a mamá, los adjetivos se hilan a los juegos de mesa con papá, las escenas reverberan del lujo y el dinero afortunado. Debo escribir sobre aquello, y cada cita, cada giro, cada ritmo, cada momento, son cortes transversales en las sensaciones memorables y majestuosas ocurridas entre mis tres y trece años.
No sé abrirme fácilmente delante de la gente. Mis huesos pronto se disolverán y derretirán en la tierra, y a casi nadie expresé verdades del corazón. Aunque me esconda tras la suntuosa erudición (trasunto de la suntuosa riqueza de cuando niño), no dejo de ser un adulto enfermo y perdido buscando el cariño de sus padres, un adulto perdido en mitad de la multitud. Las citas son como llamadas de atención y auxilio. Los poemas son cartas abiertas dirigidas a mis muertos. Las ideas son como secretos guardadados por un niño potencialmente loco. Y escribir me mantiene cuerdo.
¿Los resultados? Pobres. Me limité a poner mi enano granito de arena, a unirme con un eslabón secundario (o a dar lustre a uno predeterminado) a una milenaria cadena, a aportar un trocito minúsculo de pintura en una bola gigantesca.
Mi infancia es privada e indivisible, única, memorable y virreinal. Con mi literatura intento hacerla pública. He sanzenizado (lo probé al menos) alfombras encantadoras, butacas, bibliotecas de caoba, lámparas de pie, escritorios de acero inoxidable, gordas enciclopedias de economía, sillas giratorias, navidades y cumpleaños; he gomezizado talladas crines de caballos de piezas de ajedrez, dimensiones incorpóreas de «su» voz leyéndome un cuento, lloviznas dentro de algún día soleado, he gomezizado el derroche de dinero en algodón de azúcar en la feria de la felicidad. Por eso escribo.
