Mastines y memoria 13

Como el gato de Cheshire, algún día me iré de repente, pero la calidez artificial de mi sonrisa, esa curva falsa y bufonesca, la que se ve en la gente triste y los villanos de las películas de Disney, permanecerá como un vestigio irónico, como el resto de un tipo que pudo ser brillante, o dejar huella, y solo fue el subproducto, el héroe de la peor subliteratura, de manicomios y esquizofrenias.

Fui el caos que no dio a luz una estrella danzante, un púlsar asíncrono y descronometrado. Enredado en las cavernas de la mente, la locura forjó su realidad.

Pero permanece en mí una omnipotencia, una irresistible intensidad, un deseo egomaníano. A lo mejor, tras cientos de párrafos, asome aquí o allá una línea memorable, una frase digna de recordación. Un tejido que, por sus efectos o causas, interese a algún lector ¿Acaso, por ser loco, no me perfumó, siquiera infinitesinalmente, el arte, el arte con a mayúscula?

Proust: «Le caía el cabello [se refiere a Albertine] a lo largo de su cara rosada y se posaba junto a ella en la cama, y a veces un mechón aislado y recto producía el mismo efecto de perspectiva que esos árboles lunares desmedrados y pálidos que vemos muy derechos en el fondo de los cuadros rafaelescos de Elstir. Si Albertine tenía los labios cerrados, en cambio, tal como yo estaba situado, sus párpados parecían tan disjuntos que yo hubiera podido preguntarme si estaba verdaderamente dormida. Pero aquellos párpados entornados daban a su rostro esa continuidad perfecta que los ojos no interrumpen. Hay rostros que adquieren una belleza y una majestad inhabituales a poco que les falte la mirada». Nunca lograré (ni en sueños) ese coeficiente concentrado de belleza e inigualables hallazgos expresivos. Pero alguna gota de lluvia, entre volúmnes inmensos e infinitos de agua, de la Rue Saint-Honoré por la tarde, acaso les empape si me leen. Ese es el efecto de la literatura.

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