
Rara vez nos damos cuenta, por ejemplo, de que nuestros pensamientos y emociones más íntimos no son en realidad nuestros. Porque pensamos en términos de lenguajes e imágenes que no inventamos, sino que nos fueron otorgados por nuestra sociedad. Cuesta la autonomía intelectual. La cultura de masas es como una ilustración al revés. Su objetivo es precisamente acabar con esa última pequeña guarnición o rinconcito de independencia humana. Vivimos en medio de las agresiones o la violencia hacia nuestros espíritus. Las noticias son chismes glorificados. Lo proclamado como cultura en realidad no es verdadera cultura. Y se cubren, se opacan las opiniones alternativas (radicadas en un yo elaborado) sustituidas por las opiniones voceadas en los medios.
«Defenderé el valor absoluto de Mozart sobre Miley Cyrus, por supuesto que sí, pero debemos ser cautelosos con las falsas dicotomías. No hay que elegir entre uno u otro. Se pueden tener ambos. La jungla cultural humana debería ser tan variada y plural como la selva amazónica. Todos somos así más ricos en biodiversidad. Podemos decidir que un puma vale más para nosotros que una oruga, pero sin duda podemos estar de acuerdo en que el hábitat es mucho mejor al ser capaz de sustentar a ambos», escribe Stephen Fry. Meditando la idea, sí, estoy a favor de la convivencia entre la cultura de masas y la alta cultura (esta división acaso ya resulta paradójica y opinable, una división antigua)
Pero las fuerzas culturales son fuertemente anti-culturales. El desprestigio cultural se convirtió en una moda cultural. No precisa defensa Shakira, el fútbol, Masterchef, Defreds, Hollywood, o Taburete. Lo que vive en una reserva india, lo que la gente empieza a no tolerar como un tumor o una desgracia, son Bach, Mozart, Milton, Auden, Henry James o Cervantes.
Con un recubrimiento de alta cultura, en lugar de convertirte en un engranaje fácil de ignorar y bien engrasado, te transformas en una arista afilada difícil de pulir y aplanar por las energías populares del mundo. Elaboras una individualidad. «La libertad de la mente requiere no solo, o ni siquiera especialmente, la ausencia de restricciones legales, sino la presencia de pensamientos alternativos. La tiranía más exitosa no es la que usa la fuerza para asegurar la uniformidad, sino la que elimina la conciencia de otras posibilidades», Allan Bloom.
No leer buenos libros debilita la visión y fortalece nuestra tendencia más fatal: la creencia de que el aquí y ahora es todo lo que hay. Huyamos de las vidas empacadas comercialmente y busquemos la mayoría de edad de la razón. Desasnados se vive mejor. Para ese fin, sirven Thomas Mann o Darwin o Schumann, en absoluto Tik Tok, Ana Rosa Quintana, Silvia Intxaurrondo o Iker Jiménez.
