Mastines y memoria 15

No voy a edificar sobre mis ruinas un nuevo castillo, y empezar a reinar en él. Mis mazmorras secretas, mis desvanes de ratas, mis osarios húmedos y cementerios invadidos por la cizaña, los murciélagos, las arañas, las maldiciones familiares, están ahí y son irremediables. Soy una ruina, vagando entre ruinas. Lo que amé fue muy alto, pero yo caí (y más que caeré) desde poca altura, y aún así…

Próxima está la hora de partir hacia las estrellas. Se acerca la última niebla en la costa ciega de los inviernos. Medita, pequeño escritor. Hora es de sacar las débiles y provisionales conclusiones. El Tiempo tomará -toma- tus ojos de barro de forma definitiva. Fuiste humo, vacío, pared, nada. Volverás al humo, vacío, pared, nada. Las ruinas de tu vida yacerán en las ruinas de la muerte. Acaso algo te consuela saber que el bullicio, la fama, el poder y los imperios, que la misma especie humana y sus poquísimos genios, que el planeta mismo, también están destinados al olvido, la ruina y la nada.

Todo el polvo antiguo vuelve vana riqueza, gloria y fama. Estamos aquí -un lapso infinitesimal- al abrigo del no-ser. El Todo existe rozando su futuro final. La Nada (ese destino del universo) no es evocador ni susceptible de memoria. Fíjate, hoy viste un río espumear y burbujear alrededor de la roca; su vivacidad escondía una reliqia erosionada por el tiempo. Vanidad de vanidades. Ahora mismo la humedad y las plagas infestan tu biblioteca. No somos ni la uña del cuerpo de los muertos.

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