
Me pasé toda la mañana escuchando música y leyendo («El legado filosófico y científico del siglo XX», coordinado por Garrido, Valdés y Arenas, Cátedra) Creo que la función de la educación es enseñar a pensar intensamente y críticamente. Inteligencia más carácter: ese es el objetivo de la verdadera educación. Una mente educada es aquella que ha desarrollado sus facultades mentales de tal manera que puede adquirir cualquier cosa que desee, o su equivalente, sin violar los derechos de los demás. También es característico de una mente educada ser capaz de albergar un pensamiento sin aceptarlo.
Después, me hice la comida y, mientras comía, vi la televisión. El horror. Bazofia inmunda, como rociarse el tercer ojo con pintura negra, con diarrea marrón. Escoria tóxica. Si desean que se les escape el cerebro por el sumidero de la nada y el vacío, enciendan y miren la caja tonta. Asombran ahí las cotas de sensacionalismo, manipulación, ignorancia, cutrerío, estupidez, nadería y barbarie.
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“Por lo tanto, les pediría que escribieran todo tipo de libros, sin dudar ante ningún tema por trivial o vasto que sea. Por las buenas o por las malas, espero que tengan suficiente dinero para viajar y holgazanear, para contemplar el futuro o el pasado del mundo, para soñar con libros, vagar por las esquinas y dejar que la línea de pensamiento se sumerja profundamente en la corriente”, Virginia Woolf.
“Detesto que a los estadounidenses se les enseñe a temer ciertos libros e ideas como si fueran enfermedades, y en cambio se les empape de analfabeta televisión”, Kurt Vonnegut.
«Solo quienes conocen la supremacía de la vida intelectual -esa vida que alberga en su interior una semilla de pensamiento y propósito ennoblecedores- pueden comprender el dolor de quien abandona esa actividad serena para sumergirse en la absorbente y agotadora lucha con las molestias mundanas», George Eliot.
“Recupera tu mente y sácala de las manos de los ingenieros culturales que quieren convertirte en un idiota mediocre que consume toda esta basura que se fabrica con los huesos de un mundo moribundo”, Terence McKenna.
«Y por mucho que la gente gris en el poder desprecie el conocimiento, no pueden hacer nada con respecto a la objetividad histórica; pueden frenarlo, pero no pueden detenerlo. Despreciando y temiendo el conocimiento, inevitablemente decidirán promoverlo para sobrevivir. Tarde o temprano se verán obligados a permitir universidades y sociedades científicas, a crear centros de investigación, observatorios y laboratorios, y así crear un grupo de personas de pensamiento y conocimiento: personas completamente fuera de su control, personas con una psicología y necesidades completamente diferentes. Y estas personas no pueden existir, y ciertamente no pueden funcionar, en la antigua atmósfera de bajo interés personal y preocupaciones banales, una autosatisfacción aburrida y necesidades puramente carnales. Necesitan una nueva atmósfera: una atmósfera de aprendizaje integral e inclusivo, impregnada de tensión creativa; necesitan escritores, artistas, compositores, y la gente gris en el poder también se ve obligada a hacer esta concesión. Los obstinados serán barridos por sus oponentes más astutos en la lucha por el poder, pero quienes hacen esta concesión están, inevitable y paradójicamente, cavando su propia tumba contra su voluntad. Porque fatal para los egoístas y fanáticos ignorantes es el desarrollo de una amplia gama de cultura en el pueblo, desde la investigación en las ciencias naturales hasta la capacidad de maravillarse con la gran música. Y luego viene el proceso asociado de la amplia intelectualización de la sociedad: una era en la que la grisura libra sus últimas batallas con una brutalidad que retrotrae a la humanidad a la Edad Media, pierde estas batallas y desaparece para siempre como una fuerza real», Arkady Strugatsky.
