
«El Diablo mueve los hilos que nos hacen bailar; nos deleitamos en las cosas más repugnantes; cada nuevo día trae consigo un nuevo avance del Infierno, y, sin embargo, no sentimos horror ante ese avance», Baudeliare. «Es un autoengaño de los filósofos y moralistas imaginar que escapan a la decadencia oponiéndose a ella. Eso está más allá de su voluntad; y, por poco que lo reconozcan, más tarde se descubre que estuvieron entre los más poderosos promotores de la decadencia», Friedrich Nietzsche.
Descendí a la mina inagotable. Entre galerías inexploradas, finalmente llegué a esos rincones donde florecen las monstruosas vegetaciones de la mente enferma. La lúgubre y forzada casa de la melancolía, el aterrador clima de pensamientos y emociones de los esquizofrénicos. La sociedad tiene tres etapas: Salvajismo, Auge y Decadencia. El gran ascenso se debe al Salvajismo. Después gobierna el Auge. Y se cae debido a la propia Decadencia. Las tres fases del estado cerebral de un enfermo mental. Permitan las sinceras confidencias de este neurópata. Las larvas de las alucinaciones (ratas con cara de murciélagos, voces insultándome), los fantasmas demacrados del insomnio, los terrores nocturnos, el remordimiento que se sobresalta y retrocede al más mínimo ruido, fantasías oscuras ante las que el alba se asombraría, y todo lo que la psique oculta, lo informe y lo vagamente horrible, el sinsentido recóndito. Me esperan pacientemente las pesadillas que me despertarán a un mundo más morboso.
Pero esa no es, al menos en mi caso, toda la verdad. También existen tranquilidad, amor y placer estético. Al escuchar a Bach se ordena mi mente igual que si tomara neurolépticos; la mente se zambulle entre helechos, sobre jóvenes arroyos. Al leer a Proust penetro hondo en el asfalto, y se resquebraja mi glándula pineal, y las meriendas (pain aux raisins, brioche, el chausson aux pommes) brillan como bancales de irisés. Al estudiar matemáticas el cerebro se concentra y danza como sandalias plateadas sobre un lago. Al advertir el amor de mi hermana y mi sobrina, al recordar a mamá, las telas de la vela navegan hacia las costas doradas de Antioquía. Si pudiera volver a vivir mi vida, la viviría tal como fue; no concibo mi identidad sin la enfermedad, tan profundamente mía es. No deseo asesinarme a mí mismo. Porque mi corazón blanco todavía envidia el quemar de la llama.
