
El joven escritor Ricardo Dudda, a propósito de «El accidente» de Blanca Lacasa, observa que la prosa sin manierismos seca las manchas que deja la supuesta «buena literatura», con sus excesos y cursilerías y nos recuerda: «En España, la buena prosa es la prosa barroca. Es la prosa cargada y pegajosa, que todavía huele al esfuerzo que ha puesto en ella el autor. La prosa austera y sencilla, por el contrario, se considera algo no suficientemente trabajado. Y, sobre todo, algo no suficientemente emocional. Sin figuras retóricas no hay emoción. Como lector, además, es una mala inversión. Ya que me he gastado el dinero, lléname un poco más las frases, hazlas más largas (pasa igual con los libros largos versus los libros cortos: cuantas más páginas, mayor rentabilidad y retorno de la inversión)».
No es esa mi impresión. En líneas generales (y generalizar aquí siempre es bastante injusto y absurdo) me parece nuestra prosa tabernaria, soez y ordinaria, con poca complejidad y carente de un estilo altamente (y bien) elaborado. Las narraciones no suelen estremecer por la perfecta construcción de sus oraciones. La cadencia de las palabras no es pausada ni reflexiva, sutil o ambigua, o pasmosamente precisa. Veo demasiadas servidumbres con la representación realista, municipal o castiza.
Comentemos solamente una escena del principio de «Las alas de la paloma», de Henry James, una escena magistral donde Milly, una joven norteamericana y millonaria, sospecha que está enferma de muerte. Milly, en esta escena, se enfrenta a un cuadro del Bronzino, el Retrato de Lucrezia Panciatichi. Se le saltan las lágrimas de emoción y admira la belleza de la dama, pero se da cuenta al mismo tiempo, de que no tiene nada que ver con ella.
“El rostro de una joven dibujada de manera espléndida hasta el último detalle de las manos y vestida de forma no menos espléndida: un rostro de tez casi lívida, pero hermoso en su tristeza, y coronado por una mata de pelo recogido que, antes de que el tiempo lo desvaneciera, debió de tener un aire de familia con el suyo. La dama en cuestión, con sus rasgos marcados al estilo de Miguel Ángel, sus ojos de otro tiempo, sus labios carnosos, su cuello largo, las joyas renombradas y los brocados rojizos y descoloridos era un importante personaje, aunque sin rastro de alegría. Y estaba muerta, muerta, muerta. Milly la saludó con unas palabras que no tenían nada que ver con ella:
-Nunca estaré mejor.»
El contraste reproduce la tensión. Henry James, maestro del escrúpulo y del matiz. Esta maestría de segundos y terceros -superpuestos- pensamientos más allá del punto de vista elemental, cuesta observarla en nuestras letras. Los españoles festejamos chistes brutales, boteros y barriobajeros. Somos poco delicados y leales a la Grandeza. Acojámonos al insomnio ideal de Henry James y Proust. Alejémonos de prosas que no levantan un palmo del suelo, deshidratadas y liofilizadas, cutres y escabiosas.
