
En el último tercio del siglo XVIII vio la luz una curiosa obra burlesca, que se presentaba bajo el título de «Memorias de la insigne Academia Asnal», por el Doctor de Ballesteros, tomo primero, en Bi-Tonto, en la imprenta de Blas Antón, el año 3192 de la Era Asnal.
Lo leí esta mañana en la edición de Lengua de Trapo, con magnífico prólogo de José Manuel Fajardo, en Madrid, a 2005. Cómprenlo en una plataforma de venta de libros de ocasión (Iberlibro, Todocolección), o pídanlo en la biblioteca. Es un volumito sensacional, jugosísimo y muy divertido. Lo pasé de fábula.
Después almorcé macedonia de frutas y una tortilla de ajos tiernos, y, sin solución de continuidad, sufrí dos ataques de ansiedad, uno tras otro.
Mientras hacían efecto las gotas de Rivotril para aminorar y erradicar la angustia, conecté Radio Clásica. Ya relajado (aunque me sentía como flotando, irreal) me puse a leer el tomo de Bertrand Russell, «La evolución de mi pensamiento filosófico», Alianza de Bolsillo, traducción de Juan Novella Domingo, Madrid, 1976.
Siento mayor eudaumonía con el cómputo milimetrado de la prosa de Russell, con su virtuosismo sin disonancia, con la claridad, accesibilidad y mirada aguda de su mente, con sus disquisiciones (a un nivel divulgativo) lógicas, epistemológicas, éticas y metafísicas, que yendo al gimnasio, a la playa, o leyendo la prosa posmoderna confusa de nuestro yermo -y conquistado por los peores franceses y alemanes- páramo cultural filosófico.
A las ocho y media cené (calabacines rellenos de atún y dos yogures) Las noticias, sacar a la perrilla, algo de música y la llamada diaria a mi hermana.
Es una vida modesta, sin ambiciones ni grandes aventuras, defendida de infortunios y el rutinario sinsabor de vivir. No navegué en El Pequod, ni en El Argo o El Nautilus. A diferencia del rey de Uruk, no fui en busca de la inmortalidad ni conocí a Utnapishtim, el único superviviente del diluvio. No besé o acaricié a La Maga.
Leer, escribir un poco, manjares ligeros, tranquilidad encerrado en casa, algunas molestias psíquicas. Nada más. Y, aunque parezca sarcástico o propio de un espíritu muy pobre, me pareció un plan de día ideal, incluso el más deseable de los concebibles.
