
«La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Aunque ambas son gemelas idénticas, el hombre, por lo general, contempla el abismo prenatal con más calma que aquel otro hacia el que se dirige (a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora)», Nabokov, «Habla, memoria», Anagrama.
Recorro con la yema de los dedos algo manchadas de ceniza de tabaco la página 299: «CONGOSTRA: s.f. Camiño de carros estreito e profundo, que discorre xeralmente entre valos, cómaros ou outras elevacións do terreo»; al azar, me desplazo a la página 982: «RAÑEIRA: s.f. Proído intenso e molesto nunha parte do corpo». Lenguaje: escalera de piedra hasta las aguas de la bahía, palmerales y cuadrados coralinos, cortada tarde calurosa en lascas y después sopladas por el sol como si fuesen papelotes. No, no escribiré mis memorias.
Soy solo un pobre animal indotado de razón y recuerdos, que proyecta sobre las cosas una oscuridad de incertidumbre. Mi visión es dudosa, borrada a cada instante por el olvido; linterna mágica sin cristalito, cada realidad precedente desvanece la subsiguiente. No, no escribiré mis memorias.
No tengo amigos, ni tampoco los deseo. Aletea caliente el aire denso. Mi creatividad tiende por naturaleza a la terminante soledad. Me aislo de un entorno tosco e incapaz de comprender mis libros. Las conversaciones vanas me arrancan de mi mundo interior. Mi vida fue un osario de huesos de sirena. No, no escribiré mis memorias. Los hombres no merecen unas últimas palabras.
