
Me irrita la confusión, no las verdades más dolorosas. Bajo las estrellas, deseo pasear y soñar. Viví con intensidad, amplitud y tumulto, pues presté poca atención a las formas de vida puramente externas. La contemplación es el único lujo que no cuesta nada.
Al leer, contemplo. Entre ayer y hoy me leí: VV.AA. : «Esquizofrenia», Editorial Síntesis, y «Un Tratado de melancolía», de Timothy Bright (editado por la Asociación Española de Neuropsiquiatría) El primero está lamentablemente escrito, con una prosa tambaleante, carente de ritmo y garrafales errores de estilo. Redundante y monótona, con adjetivos y adverbios de más. Libro muy aburrido.
Al contrario, el de Bright, pese a que su medicina está brutalmente desfasada y superada, tiene la gracia de los pioneros. Es el primer libro escrito en inglés sobre la tristeza, el primer antecedente acerca de este tema que tendría como colofón el largo y erudito y famoso ensayo «Anatomía de la melancolía», escrito en el siglo XVII por el clérigo y sabio también inglés Robert Burton. Bright se matriculó en el Trinity College, Cambridge, el 21 de mayo de 1561, y se graduó en Artes en 1567-68. En 1572 se marchó a París para estudiar medicina, pero huyó de la Matanza de San Bartolomé, uniéndose a otros ingleses y protestantes. Volvió a Inglaterra, a Cambridge, en 1574, para continuar sus estudios. Empezó a ampliar sus prácticas en medicina hasta que al final pudo doctorarse, en 1584. William Shakespeare lo consultó cuando se encontraba escribiendo «Hamlet» y buscaba asesoramiento para trabajar en el carácter melancólico de Ofelia. Por cierto, Bright escribe (valga una pincelada de humor) en la página 79: “los testículos de gallo joven proporcionan un buen alimento para los melancólicos”.
La locura tiene una dimensión mítica (debiera matizar esta opinión contundente) Las imágenes del Mito son reflejos de las potencialidades espirituales pofundas de cada uno de nosotros. Al contemplarlas, evocamos esos poderes en nuestras propias vidas para operar a través de nosotros mismos. Si perdemos nuestros mitos, perdemos nuestro lugar en el universo. De ahí que prefiera la mitomanía de Bright a la de una recua de psicólogos de prosa catastrófica.
