
Buenos días. Antes -hace siglos- anhelaba muchísimas cosas y me enojaba al no poder tenerlas. Estaba insatisfecho, como un niño demandante y de juicio caprichoso. No me hacía ilusiones, no; ni se limitaban ni menguaban aquellos deseos napoleónicos. Era propenso a la irritación; solía tener ataques de gloria, de grandeza, deliremas de sexo, deseos sexuales mórbidos, capciosos, psicopáticos, orgiásticos, estériles y odiosos.
Porcus
Iste tibi faciet bona Saturnalia porcus,
inter spumantes ilice pastus apros.
Cerdo
Hará que sean buenas tus Saturnales este cerdo,
Alimentado con bellotas entre espumeantes jabalíes.
Marcial, 14, 71 (traducción de Enrique Montero Cartelle)
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Ahora estoy realmente satisfecho; mi medianía es mi medida. Deletreo el libro de la vida con mis verdaderos ojos. Bienvenido sea el elogio de la mesura, la vida sencilla y la felicidad moderada, mediante la renuncia de las riquezas, el poder y el ascenso social. No pocos poetas latinos y filósofos estoicos, hacen una llamada al ansiado y sereno equilibrio. Tan peligroso es para el alma el excesivo sufrimiento, como la entrega temeraria a los placeres. Es por ello que, tanto cuando nuestro mundo se encuentra en un momento de zozobra, como cuando todos los dioses nos sonríen, debemos guardar la calma y la lucidez (Horacio, Oda X)
Dichoso aquél, Horacio,
que huye del mundanal ruido
(y del tráfico
y del smog)
y, lejos de los negocios de la poesía,
se dedica (como aconseja Voltaire)
a cultivar su jardín.
Y a hacer el amor a una mujer callada,
y a desayunar frutas con té de menta,
y a practicar yoga al atardecer,
y a ver, tras la ventana azul,
el mar
que siempre nace
y nunca muere.
Arturo Dávila («Catulinarias», 1998)
[Para Arturo Dávila]
